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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 977

—Con razón no estuviste esa noche.

Martina por fin entendió.

Todo cobraba sentido ahora.

Se acordó de las compañeras que andaban chismeando a espaldas de Cecilia, abrió la boca, pero al final decidió no decir nada.

Cecilia era demasiado sobresaliente, todo lo que hacía llamaba la atención.

Seguramente a ella no le importaba lo que los demás dijeran.

Había crecido siendo el centro de atención, siempre habría alguien hablando de ella.

Cecilia le pasó a Martina un paquete al vacío con botanas picantes.

Al parecer, el instructor de Alan era del norte, porque le regaló especialidades de por allá, y estaban riquísimas.

Una era carne seca con chile y la otra era pollo picante.

De hecho, esas cosas las preparaba el mismísimo instructor.

Cocinaba bastante rico.

Antes hasta las vendía a escondidas por Instagram.

Decía que las hacía su mamá.

Si no, le habría dado pena cobrarles a sus colegas.

—¿En serio es para mí? —A Martina le brillaron los ojos. ¡Era carne!

—Sí.

Martina no lo dudó ni un segundo y lo agarró:

—¡Ya se me hacía agua la boca! ¡Mil gracias, Cecilia!

Cecilia hizo un gesto con la mano.

—No hay de qué.

Fue hasta que agarró la comida que Martina se acordó de lo que habían dicho sus dos compañeras de cuarto sobre Cecilia y las botanas.

Lo dudó un instante y prefirió no abrir el paquete todavía.

Lo envolvió en su ropa para llevárselo.

No es que no quisiera compartirlo con sus compañeras, solo que no sabía cómo decírselos.

Había recibido comida de Cecilia, pero era evidente que ella no tenía intención de darle al resto.

Por lo tanto, a Martina no le pareció correcto compartirlo con las demás.

A la hora de la práctica, hasta hubo alumnos que lograron aguantarles un par de golpes a los instructores.

En el caso de Cecilia, que ya traía nociones de defensa personal desde antes, cuando le tocó pelear con el instructor no mostró ni una pizca de miedo.

Fue capaz de empatar con él e incluso, en un descuido del instructor, logró tumbarlo.

Claro que también cabía la posibilidad de que el instructor se hubiera contenido por tratarse de una mujer.

Pero a grandes rasgos, había demostrado ser muy buena.

Al momento de despedirse de los instructores, muchas chavas andaban llore y llore, pero Cecilia mantenía una expresión serena.

Esta vez, Martina se sentó junto a ella.

—Cecilia, ¿no te da tristeza irte?

—Claro que sí, me da mucha tristeza —respondió Cecilia con sinceridad.

Pero por más tristeza que sintieran, ese mes de campamento ya se había terminado, y su siguiente gran reto sería la Universidad de Viento Claro.

—Entonces, ¿por qué no lloraste ni un poquito? —preguntó Martina, sonándose la nariz y secándose las lágrimas con un pañuelo.

—No tiene caso llorar, si de todos modos vamos a volver a ver a los instructores. Igual van a ir a la fiesta de bienvenida.

Así era, la universidad había invitado a los instructores para que asistieran a la fiesta de bienvenida.

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