—Tú ni te apures. Si me quitas esta marca, no solo te ayudo con la promoción, ¡hasta sacaré de mis propios ahorros para invertir en la empresa de tu primo!
—Oye, por cierto... ¿tu primo es el chavo súper guapo que te armó la cama aquel día?
Macarena trajo a la memoria la imagen del joven que pisó el dormitorio al inicio del curso.
La familia de Cecilia definitivamente tenía unos genes espectaculares.
Lástima que aquel día ella estuviera de un humor fatal, pensando únicamente en que tendría que internarse en el campus, y por eso desaprovechó la ocasión para echarse un taco de ojo con él.
—Sí, es él —asintió Cecilia.
El interés se encendió en los ojos de Macarena.
—Y oye, ¿nuestro primo ya trae novia? ¿Andará buscando a alguien?
Cecilia le soltó una mirada exasperada.
—No anda escaso de mujeres, gracias.
De ninguna manera iba a permitir que sus compañeras se fijaran en Enzo Ortega. Como Enzo era el rey de los ligues exprés, si empezaba a salir con alguna de las chicas y luego la cortaba, ¿qué pasaría con la paz del cuarto?
—Ay, bueno, era lógico que lo bueno ya estuviera apartado —Macarena hizo un gesto restándole importancia.
No le hacían falta pretendientes, simplemente comentaba por la plática en sí.
Mireya asintió.
—La verdad, su familia entera está guapísima. La primera vez que lo vi, juraba que era un artista saliendo de la televisión.
Una lástima que hombres así de atractivos no anduvieran disponibles en el mercado.
La única ajena al entusiasmo era Estella, quien de repente recordó a otro hombre distinto.
—Oigan, el profesor que nos llevó a las olimpiadas matemáticas, el profe Ortega... Él también está bastante guapo.
—Y está súper joven para ya ser maestro asociado en la escuela.
—Tiene todo el porte de alguien muy guapo y con mucho futuro.
Para empezar, Estella no era de andar interesada en fijarse quién estaba atractivo y quién no, pero, al ver que sacaron el tema, lanzó aquel comentario para integrarse a la dinámica de sus amigas. Eso era lo que su amiga Viviana le comentaba de vez en cuando.
—¿De cuál profe Ortega hablan? ¿Acaso yo lo conozco? —Mireya parpadeó un par de veces, llenándose de curiosidad al instante.
—Del profesor Valentín Ortega. Lo puedes checar en internet, seguramente saldrán varias fotos de él. —Estella platicaba esto sin tropezar en las palabras porque solía conversar de ello en secreto con Viviana.
Mireya poseía una belleza bastante dulce y amigable.
De aquellas caras que fácilmente caían bien. A los hombres podría gustarles más o menos, pero, para cualquier suegra en México, su apariencia resultaba ganadora y confiable.
—Si yo soy lo que llamas preciosa, tú y Macarena acaban de bajar de los cielos.
Mireya no se consideraba a sí misma precisamente como un gran trofeo porque desde niña los cumplidos hacia ella siempre habían sido de “chica tierna”.
Viéndolas competir por definir a la más guapa, Estella trató de integrarse hablando desde su propio enfoque.
—Oigan, después de voltear a verme, ¿alguna de ustedes todavía se siente fea?
—A fin de cuentas, yo soy la del nivel más bajo en todo el cuarto.
Siendo fríamente objetivos, Estella no era horrenda, pero no tenía nada digno de voltear a ver dos veces. Era la clásica muchacha que se mezclaba en el tumulto en comparación con sus roomies.
Hubo un ligero silencio; nadie supo cómo animarla ante una obviedad impuesta por los genes.
En el fondo no era fea, pero, al carecer del dinero y respaldo económico que poseían las demás, su complexión transpiraba puras inseguridades, volviéndola un tanto desaliñada.
—Estella, si tienes ganas de arreglarte un poco y ponerte bonita, nosotras podemos echarte una mano —ofreció Cecilia.

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