Cecilia suspiró, encogiéndose de hombros, con gesto resignado.
—Sabía que iban a preguntar eso.
Era inútil intentar ocultarlo. Al fin y al cabo, estaba platicando con ellas cuando Fabián la mandó llamar de imprevisto.
—Fabián y yo nos conocemos desde hace tiempo. Y no solo lo ubico a él, también conozco a su prometida.
Mireya no pudo aguantar la curiosidad.
—¿Su prometida de verdad está bonita?
Macarena se sumó de inmediato.
—¡Sí, cuéntanos! ¿Cómo es? ¿Es muy bonita, más que yo?
Ella estaba muy segura de su propia belleza.
Al recordar a su prima Gina González, siempre se le venía a la mente que, como no podía superarla en físico, su prima tenía que buscar otras formas de fregarla.
—Tiene unas facciones impresionantes. Al verla, te das cuenta de que es una mujer que impone muchísimo respeto —aclaró Cecilia.
No quiso decirle a Macarena que era más hermosa. Su amiga era bonita, sí, pero esa belleza quedaba corta frente a Alba Lara. Era una simple cuestión de aura. ¡Alba irradiaba la presencia de una jefa poderosa!
—Ay, bueno. Seguro está más guapa que yo —admitió Macarena, tocándose la mejilla con un poco de melancolía—. Oigan, por cierto... ¿creen que la cicatriz de mi cara se nota menos?
Estella la examinó con detenimiento.
—Yo digo que ya ni se te ve.
Mireya también asintió de inmediato.
—La verdad es que no se nota nada. De por sí, ese rasguño no estaba profundo.
Cecilia ni siquiera tuvo que acercarse. Confiaba ciegamente en sus productos.
—Ya ni pregunto, me imagino que has estado usando la pomada cicatrizante que te di.
Macarena asintió honestamente.
—Sí, me he estado echando un poco. Al principio ni le había prestado atención.
En los dormitorios no había espejos individuales en cada cuarto; solo contaban con uno en el pasillo de cada piso para que los estudiantes se acomodaran la ropa.
Sin embargo, Macarena había colado uno pequeño, el cual usaba cada mañana para checar cómo le quedaba el bloqueador solar.
—Siempre he creído que su verdadera intención era darme en la cara. Solo que, como me quité a tiempo, me terminó quemando el brazo.
—Lo peor de todo fue que, justo después, la muy cínica se puso a llorar a mares y se me adelantó con el chisme para hacerse la víctima. Dijo que por su descuido me había quemado.
—Incluso le dijo a todos que yo estaba jugando con el fuego.
—Cuando la realidad es que ella me arrebató un juguete, y al intentar quitárselo, me aventó al calor.
—Pero, como no había cámaras en la casa y la empleada andaba en otro lado, solo estábamos las dos y no hubo nadie que me defendiera.
—Como ella siempre aparentaba ser la niña más buena y obediente frente a los adultos, nadie me creyó... Solo mi mamá confió en mis palabras.
Bueno, pensándolo bien, su primo mayor también la apoyó. A partir de ahí, la cuidaba en todos lados y dejó de juntarse con Gina. Su actitud hacia ella dio un giro radical después de ese incidente.
—¡Híjole! ¿Y tus papás no hicieron nada? —preguntó asombrada una de ellas.
—Si hubiera sido mi prima, mi mamá se le habría ido a los golpes a mi tía. —comentó Mireya—.
—¡Nadie me haría una cosa así y se saldría con la suya!
Aunque la familia de Mireya no nadaba en dinero, sus padres estaban llenos de amor; crecer en un entorno así la había convertido en una joven mimada y segura.

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