—Está bien.
Fiona ya no se atrevió a decir nada, pero de vez en cuando le echaba miraditas a Cecilia.
Era curioso. Fiona era bonita, pero de un carácter bastante explosivo; casi no tenía amigas, aunque sí un montón de amigos hombres. Y, sin embargo, Cecilia le había caído de maravilla.
Ella justificaba eso diciendo que sentía atracción por la gente talentosa.
Simplemente no soportaba a las muchachas falsas y melodramáticas, pero ante una chava con habilidades tan intimidantes como Cecilia, sentía pura admiración.
Hasta que terminó la cena, Fiona no le dirigió una sola palabra a Cecilia, aunque por dentro se moría de ganas de platicar.
Lo único que pudo hacer fue pedirle su número al final de la reunión.
—Ceci, ¿te puedo decir así, verdad? La próxima vez yo te invito a cenar. ¿Qué te gusta hacer? Para invitarte a dar la vuelta.
La verdad es que quería invitarla a correr en moto, pero se notaba a leguas que al tal Sandoval no le haría gracia. Por eso, Fiona fue prudente y se guardó la invitación.
—Me gusta leer —dijo Cecilia, dándole una respuesta que la dejó sin palabras.
Fiona se quedó perpleja. Era la primera vez que conocía a alguien que de verdad disfrutara leer por gusto.
—¿Qué tipo de libros? —preguntó esperanzada. «Igual y son novelas y tenemos algo en común».
—Cosas de anatomía y todo eso. También leo «Explorando los misterios del cuerpo humano» o el «Compendio de Sabiduría Ancestral»...
Todos los libros que mencionó eran temas que no solo aburrían a Fiona, sino que hasta le daban flojera. Lo sospechaba: ella y la preciosa joven no tenían nada en común.
—¿No te gustan los deportes extremos? —Fiona le guiñó un ojo—. ¿Por qué no mencionas eso? Yo también me animo a aventarme del bungee, o mínimo podemos ir a las carreras.
«¿A poco una muchacha tan joven ya se deja mandar por un hombre mayor? Agustín no parece su hermano, ¿con qué derecho la controla tanto?»
—¿Me gustan? —Cecilia soltó una risita—. De vez en cuando hago algo así para quitarme el estrés.
—Esta loca se enteró de que iba a cenar con Fabián y a fuerzas quiso venir. La última vez la acusé de irse a las carreras y en su casa le cortaron las tarjetas. Yo creo que lo hizo nada más por darnos lata a nosotros dos.
Era comprensible. ¿Qué más podía opinar Agustín? De todos modos, no iba a cenar a solas con Cecilia, así que dos personas extra daban igual.
El problema fue que la chica no tenía tacto. Cecilia estaba agotadísima y la otra no dejaba de hablarle; por eso Agustín se había molestado.
—Oye, ¿y qué onda con el chavo este? —preguntó Alba. No había querido meterse en el chisme frente a Fiona por si era algo delicado.
—Nada en especial —gruñó Fabián, volviendo a poner cara de pocos amigos.
El campamento de novatos contaba con estrictas medidas de seguridad, ¿quién iba a imaginar que les tocaría un alumno tan rarito?
Agarrar una bolsa de plástico, meterle pan y esconderla arriba de un árbol... ¡Había que estar muy mal de la cabeza! ¿Se creía chango para andar trepando como si nada?
—El pobre se buscó el problema él solito —comentó Cecilia, sin poder evitarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana