Agustín miró de inmediato a Cecilia.
—¿Qué moto? ¿Te fuiste a las carreras?
Fiona se tapó la boca por instinto.
—Creo que acabo de meter la pata, ¿verdad?
¡Lo peor era que esa noche, el chico guapo que iba detrás de la preciosa joven en la moto no era él, sino otro!
¿Y si la habían cachado saliendo a escondidas?
¡Por qué no podía mantener la boca cerrada!
—No —respondió Cecilia primero a la duda de Fiona.
Luego miró a Agustín con una sonrisa y añadió:
—¡Fui con mi primo Enzo!
Agustín se quedó sin palabras. «¡Qué maravilla, Enzo!»
«¡Cómo se le ocurre llevarla a unas carreras clandestinas!»
«¿Acaso son unos niños? ¡El mayor es un irresponsable y la menor una temeraria!»
Agustín recordó que, cuando los persiguieron en Villa Solana, fue Cecilia quien condujo. Sabía que era valiente y que tenía una gran habilidad al volante, pero no podía evitar preocuparse.
A lo lejos, Enzo estornudó varias veces seguidas, sin tener la menor idea de que Cecilia acababa de echarlo a los leones.
Cecilia le pidió disculpas a su primo en su mente.
«Aunque Agustín no creo que vaya a reclamarle por esto, ¿o sí?»
Fiona, que escuchaba atenta, soltó un suspiro de alivio. Si era su primo, entonces no pasaba nada.
—Ese día tú y tu primo nos ayudaron muchísimo. ¡Tenemos que brindar!
Dicho esto, Fiona buscó una botella de licor.
Alba notó la expresión de Agustín y la detuvo de inmediato:
—¡Nada de alcohol! Aún es estudiante y estamos en medio del campamento de novatos. Si quieres brindar, que sea con té.
Fiona por fin entendió y miró a Cecilia.
—Perdón. Yo tomo y tú brindas con té.
—Ya me lo agradeciste —dijo Cecilia, sintiendo que no era necesario hacerlo de nuevo.
—¡No manches! ¡No puedo creer que conozca a un genio como tú!
Cecilia no supo cómo reaccionar a tanto halago.
—Solo le pongo ganas al estudio.
—¡Pero está padrísimo! Oye, ¿cuántos años se necesitan para aprender esa técnica para detener sangrados? —Fiona la miraba con ojos de admiración. Tenía muchas ganas de intentarlo.
—Toda una vida —respondió Cecilia. Con lo inquieta que era Fiona, probablemente jamás lo lograría.
Esas técnicas requerían de una precisión impecable; no había margen para errores.
Fiona se quedó muda. «¡Haz de cuenta que no pregunté!» Ni loca dedicaría toda su vida a eso.
Después de eso, Fiona se animó aún más a sacarle plática. Quería saber cada detalle y descubrir cómo había logrado dominar algo tan increíble.
Alba frunció el ceño.
—Fiona, por favor. Ceci debe estar súper cansada después de esa cirugía, no la agobies. ¡Déjala cenar a gusto!
Alba supuso que, si Agustín había mencionado la cirugía de la nada, era precisamente con esa intención.
Fiona hablaba hasta por los codos, y Cecilia, ya agotada, seguramente no tenía energía para seguirle el ritmo.

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