Si de verdad hacían enojar al instructor, capaz que ni les daban de comer.
Al primer grupo le tocaba pasar a comer justo a las doce.
Cada grupo tenía diez minutos para comer, lo cual ya era bastante tiempo.
—Y ni se quejen, porque a nosotros solo nos dan cinco minutos para comer —dijo el instructor—. Como son novatos y estudiantes, les dimos más chance para que alcanzaran.
Para cuando le tocó el turno al grupo de Cecilia, los de adelante ya estaban empezando a salir.
Todos agarraron sus charolas, se sirvieron y se sentaron alrededor de unas mesas grandes. Nadie platicaba; solo comían mientras no le quitaban el ojo al reloj de la pared.
Servirse ya les había quitado tiempo, y encima tenían que levantar sus charolas. Al principio les habían dicho que cada quien debía lavar la suya.
Pero, tomando en cuenta que a algunos seguro se les iba a pasar la mugre, existía el riesgo de que a alguien le tocara una charola sucia en la siguiente comida.
Así que el instructor dio la orden de que solo las recogieran; en cuanto a lavarlas, habría estudiantes turnándose todos los días para ayudar en la cocina.
¡No había de qué preocuparse, a todos les iba a tocar su turno de lavar trastes!
Mientras Cecilia comía, Elías se sirvió y se sentó a su lado a propósito.
Cecilia sintió la mirada de Elías, pero no entendía qué mosca le había picado.
Parecía que el chavo no dejaba de observarla.
¿Tanta curiosidad le daba?
Y mientras tanto, Elías ya estaba armándose mil ideas en la cabeza, tomando nota de todo lo que veía.
«Cecilia come rápido, pero tiene muy buenos modales en la mesa. ¡Se nota a leguas que viene de buena familia!».
Y ahí se imaginó otras ochocientas cosas más.
—Jefe de grupo, ¿a poco te gusta nuestra geniecilla? No te le despegas para nada —bromeó Carla.
Martina, que estaba bien entrada con su comida, levantó la cabeza de volada al escuchar eso.
Las otras dos chavas, Regina y Teresa, también voltearon a ver a Cecilia y a Elías al mismo tiempo.
Como casi no se conocían, ese tipo de bromas no venía al caso.
Elías se mantuvo muy tranquilo:
—Te estás armando películas. ¿A poco no quieres que me siente con ustedes?
—No, para nada. —Carla no podía decirle que le molestaba de frente, ¿verdad?
¿Acaso eran unas espantaviejos o por qué tanta prisa?
—A lo mejor tiene miedo de que sí nos guste de verdad —opinó Regina, sintiéndose un poco incómoda con el desaire.
Aunque no le latía el jefe de grupo, tampoco era para que las evitara como si tuvieran sarna.
Solo había soltado la broma por convivir. ¿Será que sí le atinó y a él de verdad le gustaba Cecilia?
Teresa se quedó callada un segundo y opinó:
—Mejor ya bájenle a sus bromas, Cecilia no se veía muy contenta.
—Y el jefe de grupo tampoco —agregó Martina—. No anden con esas cosas; ellos no tienen nada que ver, y si seguimos inventando chismes, solo los vamos a afectar.
Carla hizo un mohín.
—Ya, ya, no decimos nada. Solo fue un chiste al aire, quién iba a pensar que se lo tomarían a pecho.
Para ella, simplemente esos dos eran de mírame y no me toques.
Regina, que había sido parte de la carrilla, también prefirió guardar silencio.
Martina recogió su charola de volada y salió corriendo tras Cecilia.

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