Y es que los familiares siempre caen en la maña de compararte con el niño perfecto de la familia.
Y, casualmente, Cecilia era el claro ejemplo de ese tipo de estudiantes impecables.
Y para rematar, la había criado la señora Paloma Ruiz.
Si los Ruiz se llegaban a enterar de que Martina estaba en el mismo salón que ella, de ley que a cada rato le iban a andar preguntando cómo le iba a Cecilia.
De hecho, hace tiempo, los Ruiz traían la idea de que la señora Paloma le echara la mano a Martina para enseñarle algunas cosas.
A la chica le encantaba la medicina, tenía buen ojo y le ponía muchas ganas al estudio.
Por desgracia, Paloma se hizo la disimulada y los bateó argumentando que ya no estaba para esos trotes.
Siendo Paloma quien les dio el no, a los Ruiz no les quedó de otra más que aguantarse.
No se podía poner a enseñarle a la sobrina nieta cuando ni siquiera se había hecho cargo de su propia nieta, ¿o sí?
Hasta que un día reventó el relajo de las verdaderas y las falsas herederas.
La mamá de Martina se la pasaba diciendo que qué lástima, que de haber sabido desde antes la verdadera identidad de Cecilia, capaz y le hubieran encasquetado a la hija a la tía abuela para que la educara.
Martina, por su parte, pensaba que con o sin Cecilia de por medio, la tía abuela igual no la habría querido aceptar.
Conocía a su pariente: la señora no era de andarse metiendo en lo que no le importaba, y mucho menos se creía una monja de la caridad.
¿Acaso no era mil veces mejor vivir retirada, feliz en su ranchito sembrando flores y tomando cafecito en paz?
¿Qué necesidad tenía de andarse buscando aprendices?
El que hubiera agarrado a Cecilia bajo su ala había sido pura obra del destino; la verdad, Martina no tenía madera para caerle bien a la señora.
—Sí, la verdad es que es mucha coincidencia —dijo Cecilia, clavando la mirada en Martina—. Oye, ¿y por qué no te vi ayer?
—Me equivoqué al comprar el boleto del autobús y se me fue la onda con los tiempos de inscripción... —Martina se rascó la nariz, algo apenada.
Cecilia se quedó en silencio un segundo. «¿Tan despistada es?», pensó.
No es que fuera un pecado mortal inscribirse un día tarde, pero no dejaba de ser impuntualidad.
De todos modos, a Cecilia le daba igual; si Martina llegaba tarde, era su problema y de nadie más.
—Bueno, con tal de que no haya sido nada malo, todo está bien.
Al ver que Martina y Cecilia ya se conocían y que, por lo que decían, eran familia, las otras tres chavas no pudieron evitar asombrarse del cerebro que tenían las mujeres en esa casa.
Martina y Cecilia se miraron y prefirieron guardar silencio.
Pero al acordarse de que la familia Ortega ya le había comprado un departamento cerquita del campus, pensó que sería un abuso quitarle el lugar a alguien más.
Pidió chance de no quedarse a dormir ahí, y la escuela le dio luz verde.
El único requisito era quedarse en los dormitorios durante su primer semestre.
Y, aun así, podía quedarse a dormir en su departamento si lo necesitaba.
—Pues sí suena lógico que haya sido por orden alfabético —dijo Martina, acordándose de que al usar la inicial de su apellido seguramente quedó al final del acomodo.
—Disculpa, compañera... ¿está ocupado aquí?
Un chavo con toda la facha de estudiante matadito se paró junto al lugar de Cecilia.
Era el mismo que el día anterior había sido elegido como el jefe de grupo.
Como Cecilia andaba en sus cosas, había declinado la oferta de ser jefa de grupo, así que el puesto para representar a las chavas se lo habían dado a Teresa.
A Teresa no le iba nada mal en las materias y, además, era súper alivianada; se notaba a leguas que se le daba muy bien eso de hacer contactos.
—Adelante.
Los demás se empezaron a echar miraditas y muecas cómplices; nadie se imaginaba que, de todas las butacas libres, el jefe de grupo se iría a sentar derechito al lado de Cecilia.

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