—Jorge, me imagino que tú también estás estudiando Medicina, ¿verdad? Entonces, ¿qué mosca te picó a ti?
Cecilia no le respondió y, en su lugar, le devolvió la pregunta.
—Yo... —la sonrisa de Jorge se congeló; claramente no esperaba que Cecilia le contestara con tanta seriedad.
—Bueno, es que los hombres aguantamos mejor las friegas, somos más aptos para ser médicos que ustedes, las mujeres, que son más delicadas.
Especialmente en el área clínica, que es una verdadera pesadilla. Tú te ves tan frágil, ¿de verdad crees que vas a aguantar estar de pie frente a una mesa de operaciones?
Si de verdad te interesaba el área de la salud, mejor te hubieras metido a Farmacología o a Laboratorio. O ya de plano a Enfermería.
Jorge seguía soltando su monólogo creyéndose un experto.
Pero no se percató de que las miradas de todas las chicas presentes ya empezaban a fusilarlo.
—Jorge, ¿te das cuenta de lo machista que suena eso? —preguntó Cecilia.
Su rostro inexpresivo ahora denotaba una gran molestia.
Jorge por fin notó que el ambiente se había vuelto súper tenso.
Hasta la propia Sabrina lo estaba mirando con hostilidad.
—Jorge, cuida lo que dices. ¿Cómo que las mujeres no servimos para la medicina clínica? ¿En qué momento somos inferiores a ustedes?
Con el orgullo tan grande que se cargaba Sabrina, su única meta era sobresalir por encima de absolutamente todos, sin importar si eran hombres o mujeres.
El comentario de Jorge la había hecho enojar en serio.
—No lo decía por eso —se apresuró a decir Jorge, mirando a Cecilia—.
Solo me da lástima que ustedes las mujeres tengan que sufrirle tanto. No me malinterpreten.
Cecilia lo miró con una sonrisa sarcástica:
—¿Lástima? Por un momento pensé que simplemente estabas menospreciando a las mujeres.
Jorge soltó una risita nerviosa:
—¡Ay, no manches! ¿Cómo crees?
Luego volteó rápidamente para justificarse con Sabrina:
—Sabrina, créeme, jamás pensaría menos de ti. Tú eres súper amable y fuerte, no eres como el resto de las chavas.
Aunque Sabrina sabía que Jorge solo le estaba endulzando el oído para zafarse del problema, su rostro se relajó bastante al escuchar sus halagos.
—Bueno, nosotras tenemos cosas que hacer, así que ya nos vamos —dijo Cecilia, harta de presenciar a aquel lambiscón.
Aún debían descansar un poco en la tarde y empacar sus maletas.
Sabrina ya no tenía ningún pretexto para retenerla.
Se quedó ahí plantada, observando la espalda de Cecilia con una mirada sombría.
Ignacio las acompañó hasta las puertas del comedor.
Cecilia le sugirió regresar:
—Tú venías a comer, ¿no? Ya regrésate, si te tardas más te vas a quedar sin comida.
—No hay prisa, igual puedo salir a buscar algo por ahí. De verdad, quería agradecerte como se debe.
Ignacio insistió:
—Lo que sea que necesites de ahora en adelante, puedes buscarme con toda confianza.
Cecilia esbozó una sonrisa:
—No voy a necesitar ayuda, pero te agradezco mucho la intención.
Valentín había terminado su turno del día y justo se dirigía a la cafetería acompañado de un profesor de Matemáticas.
Casualmente, se trataba del mismo profesor que les había dado clases en el campamento de invierno.

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