—Y pensar que hace un rato te ayudé a darle una lección a Zoe.
Davis no tenía pelos en la lengua y lo soltó con todo el descaro del mundo.
—Zoe y yo no tenemos ningún problema. ¿Por qué tendrías que darle una lección por mí? —preguntó Cecilia, fingiendo confusión.
—¿Cómo que no hay problema? Al regresar a la familia Ortega, básicamente le estás robando sus recursos, el cariño que le da mi tía Lourdes y también su protagonismo.
Como ninguno de sus dos tíos tenía hijas, su hermana y Zoe estaban en igualdad de condiciones.
Bueno, pensándolo bien, en realidad su hermana tenía una mayor ventaja.
Pero con Zoe la cosa cambiaba.
Ella era parte de la familia Palacios; su único lazo de sangre era con su tía Lourdes.
Por naturaleza, los recursos y beneficios que podía obtener de la familia Ortega eran limitados.
Al no haber chicas en esa generación de la familia Ortega, Zoe tal vez habría podido sacar algo de ventaja de la situación.
Pero la aparición de Cecilia significaba que todo lo que Zoe hubiera podido recibir le había sido arrebatado.
¿Cómo iba a quedarse de brazos cruzados Zoe?
—Si lo pones así, ¿entonces también le robé los recursos a tu hermana? —Cecilia miró a Aurora y preguntó—: Aurora, ¿tú también me odias?
Aurora primero le lanzó una mirada fulminante a Davis antes de explicarle a Cecilia: —¿Cómo podría odiarte? ¡Me caes increíble!
—En esta generación de la familia Ortega puros niños nacieron. Como era la única niña, me moría de ganas de tener una hermana.
Además de que lidiar con un hermano menor era insoportable.
—Por otra parte, ya he recibido demasiado, no debería ser ambiciosa.
Sus dos tías la trataban de maravilla y, a pesar de que este año habían reconocido a Ceci, el trato hacia ella seguía siendo tan cálido como siempre.
La única que siempre quería más de la cuenta era su madre, y eso acababa molestando a todo el mundo.
—Gracias, Aurora —dijo Cecilia. Le dio un abrazo rápido y se apartó.
Al ver la escena, Davis también abrió los brazos: —¿Acaso solo abrazas a mi hermana y a mí no?
—¿O será que no me aceptas como tu hermano menor?
Cecilia se quedó en silencio; le daba la impresión de que lidiar con ese niño iba a ser un dolor de cabeza.
A ambos les fascinaba recibir halagos y muestras de admiración del resto de las personas.
A Cecilia le daba asco toda esa falsedad, pero nunca había pensado en apartarse de sus padres.
Después de todo, aún era joven. Lo de independizarse tendría que esperar hasta que cumpliera la mayoría de edad.
Y era cierto. Incluso si Héctor Ortiz no hubiera llevado a Delfina Ortiz a la casa, Cecilia no habría seguido siendo tan obediente al cumplir la mayoría de edad.
Su plan siempre había sido entrar a la mejor universidad para liberarse por fin del control de sus padres.
Sin embargo, antes de que pudiera empezar a poner su plan en marcha, Héctor encontró a Delfina primero.
Aunque Héctor no lo había hecho pensando en ella, en el fondo, Cecilia le estaba bastante agradecida.
De no haber sido por Héctor, ¿cómo se habría enterado de que ella no llevaba la sangre de los Ortiz?
Cecilia descansó en casa todo el día. Cuando por fin decidió salir a dar una vuelta, se encontró en la residencia principal con Aurora y su hermano Davis.
—¡Aurora, Davis! —los saludó.
Aurora, que traía un ramo de flores entre los brazos, se las entregó a Cecilia y le dijo: —Yo misma las cultivé. Corté algunas para traerlas. A ver, dime, ¿te gustan?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana