—Soy Samuel Ortiz —se presentó el oficial.
Cecilia parpadeó, confundida. El nombre le sonaba de algo.
Sin embargo, el hombre pasaba de los treinta y estaba segura de que jamás lo había visto en su vida.
—Qué casualidad, también me apellido Ortiz —respondió ella por cortesía.
—Lo sé. Te apellidas Ortiz, primita.
Samuel le dedicó una sonrisa cálida y abierta. Si sus subordinados lo hubieran visto en ese momento, se habrían quedado de piedra.
¿No se suponía que el capitán Ortiz era un hombre frío y estricto?
—Eh... ¿tú eres el famoso primo mayor al que nunca he conocido? —Cecilia estaba estupefacta.
¿Quién iba a pensar que se encontrarían así en medio de la nada?
Solo había escuchado hablar de él una vez, por boca de la matriarca de la familia.
Su tío mayor era un alma libre y rebelde; de hecho, hasta el día de hoy, la familia no tenía idea de en qué parte del mundo andaba.
Antes, él se encargaba de administrar los bienes familiares en el extranjero, viviendo la gran vida.
Pero cuando Rayan Ortiz se mudó a Veridia, el tío mayor le cedió gran parte de sus responsabilidades y se jubiló anticipadamente.
Era cierto que tenía un hijo, pero no biológico; lo había adoptado en Villa Ortiz siendo un niño huérfano.
Cecilia nunca imaginó que su primo trabajara en Luminosa, y mucho menos como policía.
¡Y ya era capitán! Quedaba claro que era un hombre sumamente capaz.
Definitivamente, los Ortiz no dejaban de sorprenderla.
—Así es, soy tu misterioso primo mayor —dijo Samuel, suspirando de alivio al verla sana y salva.
Si no la encontraba pronto, la abuela le iba a hacer estallar el teléfono a llamadas.
Por suerte, la chica había resultado ser bastante ruda.
—Me encantaría seguir con la reunión familiar, pero primero tenemos que ir al hospital.
Cecilia señaló a los heridos en la parte trasera del auto.
Samuel asintió, demostrando ser mucho más centrado que Rayan.


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