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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1564

El Sargento Calvo logró atrapar el arma táctica de Sara en el aire, zafándose del agarre del sicario. Con su brazo libre, agarró al pastor por la ropa y de un salto se metió al vehículo.

Su fuerza era descomunal, pero aun así, León y Lino Sandoval tuvieron que abrir las puertas traseras de golpe para ayudar a jalarlos hacia adentro.

Un segundo más afuera y una bala le habría destrozado el cráneo.

Los proyectiles repiqueteaban contra el blindaje del auto, y Fernando llegó a pensar que ahí terminaría su guardia.

Gracias a Dios, los disparos precisos de Agustín mantuvieron a raya a varios de los tiradores.

Pero la maniobra le había costado cara a Sara. Al distraerse para lanzar el arma, perdió la fracción de segundo necesaria para esquivar. El auto enemigo, que venía en contravía, los impactó con una violencia brutal.

El choque sacudió la cabina entera. El vehículo militar estuvo a punto de quedar inservible.

—¡Sara! —gritó José, pálido del susto.

No tenían armas de fuego; ¡estaban en clara desventaja!

Para cuando el impacto sacudió a Sara, Cecilia ya había terminado la intervención de emergencia en los asientos traseros.

Extraer la bala había sido un procedimiento sencillo para ella. Aunque tuvo que hacer un cierre improvisado y rápido, lo principal era detener la hemorragia. La vida de Gonzalo ya no corría peligro inmediato.

—¿Sara, estás bien? —preguntó Cecilia, limpiándose la sangre de las manos con una toalla sucia mientras miraba hacia el frente.

Sara sintió que el mundo le daba vueltas por un segundo, pero sacudió la cabeza para despejarse.

—Estoy bien... Joven líder, siga en lo suyo, yo me encargo de... —balbuceó, todavía aturdida.

—¡Pisa a fondo y embístelos! Este blindaje militar no es cualquier cosa. ¡Si quieren chocar, los vamos a aplastar! —ordenó Cecilia con ferocidad.

Sara no lo pensó dos veces. Obedeció el mandato de su prima al instante y hundió el pie en el acelerador con toda su furia.

Los sicarios jamás imaginaron que el conductor de un auto del ejército tendría las agallas para hacer algo tan suicida.

No tuvieron tiempo ni de gritar. El blindado los arrastró con una fuerza arrolladora, empujándolos hasta el borde del precipicio.

Las llantas traseras del auto enemigo destrozaron la barrera de contención y quedaron colgando en el vacío.

—¡Frena! —gritó Cecilia.

Sara clavó los frenos en seco.

Un metro más, solo un metro más, y habría mandado el vehículo de ellos también al fondo del río.

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