Cecilia lo dijo en tono de broma.
¿Agustín?
Él le revolvió el cabello con suavidad.
—Mi primera opción siempre será salvarte a ti.
Pero antes de que los cuatro vehículos pudieran dar su golpe, ¡apareció un rebaño de obstáculos peludos!
—¡Meeeee...!
Una docena de cabras rodó por la ladera, aterrizando justo en medio de la carretera.
Cecilia y Agustín miraron hacia la montaña al unísono.
Solo vieron rocas sueltas cayendo, pero ni una sola persona. Era imposible saber si había sido un accidente o un montaje.
Lo único seguro era que el camino estaba bloqueado y varias cabras estaban heridas; no podían simplemente arrancar y pasarles por encima.
Si atropellaban a una, tendrían que pagar los daños. Y el problema no era el dinero, sino que esto apestaba a trampa.
El vehículo militar frenó en seco, pero nadie se atrevió a abrir las puertas.
Dos cabras estaban tiradas balando de dolor. Las demás se habían puesto de pie, pero daban vueltas ansiosas alrededor de sus compañeras heridas, bloqueando totalmente el asfalto.
Querían ayudar, pero solo lograban hacer ruido.
—¿Qué hacemos? ¿Nos bajamos? —le preguntó el joven soldado a su superior.
Nunca pensaron que un simple traslado se convertiría en un dolor de cabeza de este nivel.
—Sargento, ¿no cree que estas cabras son obra de los que nos vienen siguiendo?
El soldado tenía buen instinto.
Conocían esa ruta como la palma de su mano. Era normal cruzarse con animales cruzando el camino, pero ¿una lluvia de cabras cayendo por el barranco? Eso no pasaba. Y mucho menos con todo un rebaño.
Era demasiada coincidencia.
El camino al frente estaba bloqueado, y retroceder era imposible con los cuatro autos enemigos pisándoles los talones. Si esos tipos estaban armados, ¿cómo iban a salir de esta?

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