Al final, Cecilia decidió donar ese dinero para que se usara en las fiestas y necesidades del pueblo. Así, los líderes de la comunidad estaban contentos, los vecinos felices y nadie tenía que preocuparse por hacer enfadar a la abuela Lorena Ortiz.
—Qué envidia —suspiró Martina, frustrada al saber que por ahora solo le quedaba la opción de rentar—. Y los precios de las casas no dejan de subir.
Cecilia le acarició la cabeza para consolarla.
—Tranquila. Por ahora renta algo lindo y, cuando tengas los papeles en regla, ya compras tu propio departamento.
Martina resopló, sin mucho ánimo.
—Ni modo. Cuando termine la clase voy a ir a preguntar a tu edificio a ver si hay departamentos en renta. Si no hay suerte, tendré que pensar en un plan B.
—Me parece bien, yo también preguntaré a los guardias si saben de algo libre —asintió Cecilia.
—¡Gracias, Ceci! —Martina se le lanzó encima y le abrazó el cuello con fuerza.
Cecilia le apartó los brazos, riendo.
—¡Suéltame, no te aproveches!
Martina hizo un puchero. Era injusto, tenía a una amiga tan hermosa y perfumada, ¡y ni siquiera la dejaba abrazarla!
Ambas estaban tan entretenidas hablando que no se dieron cuenta de que alguien las observaba fijamente desde el otro extremo del salón.
Cuando sonó el timbre, Cecilia y Martina salieron del aula, seguidas por Vanesa y Humberto a la distancia. Vanesa caminaba lo suficientemente cerca para no perderlas de vista, pero lo suficientemente lejos para no levantar sospechas. Humberto era su escudo perfecto; con él al lado, nadie pensaría que estaba ahí para hacer daño.
—Humberto, ¿adónde vamos a cenar hoy? —preguntó ella.

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