—¡Sí, quiero usar uno del estilo que hacen en su pueblo!
—¡Como el que llevaba la novia hoy!
¡Es que eran demasiado hermosos! Pamela no podía dejar de suspirar.
Beto asintió enérgicamente.
—¡No se diga más! Empezaremos con los preparativos desde hoy. Primero te tomaremos las medidas.
—Si estás de acuerdo, nuestra boda será exactamente igual a la de mi tío Raúl hoy.
—Y no te preocupes, mis padres ya dijeron que cumplirán con lo que tu familia pida como regalo de compromiso.
Beto sentía que haber llevado a su novia a contagiarse de la alegría de la boda de Raúl había sido la mejor decisión de su vida.
Ahí estaba el resultado: su novia, que antes le tenía pánico a la idea de ir al pueblo, ahora parecía completamente enamorada del lugar.
Aunque Beto estudiaba en la ciudad, tenía un sentido de pertenencia muy profundo hacia Villa Ortiz.
El pueblo era su raíz. Si su futura esposa odiara su lugar de origen, por más rudo que pareciera, le habría roto el corazón.
Beto sabía perfectamente que los amigos y familiares de Pamela no apostaban nada por su relación.
Incluso sabía que Pamela había sido blanco de burlas por salir con él.
Le decían que se había vuelto loca por andar con alguien del campo.
¿Y qué si era del campo?
Las utilidades anuales que recibía cada habitante de Villa Ortiz superaban fácilmente los cientos de miles.
Él las había recibido desde el día en que nació.
Con sus centavos y todo, la cifra aumentaba cada año, y sus padres le habían guardado todo en una cuenta a su nombre.
Con ese dinero le alcanzaba de sobra para comprar una casa de contado en la ciudad de su novia.
Y además le sobraba para pagar cualquier arreglo de boda.
Organizar la fiesta y el banquete no representaba ningún problema.
Todo eso, sin que su familia hubiera tocado un solo centavo de su propio sueldo.
Sus padres trabajaban en la ciudad y también tenían buenos ahorros.
Aunque Beto creció en un entorno rural, jamás le faltó nada.
Jamás se sintió inferior a alguien de la ciudad.
Porque cualquier juguete o lujo que los niños de ciudad tuvieran, el pueblo de Villa Ortiz se los regalaba durante las fiestas.
Si los niños querían algo en especial, solo debían anotarse en una lista, y cada mes llegaban camionetas repletas de mercancía al pueblo.
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