Además, una vez había escuchado a escondidas a sus padres bromeando con que, si tenían otro hijo, le pondrían un nombre todavía más ridículo. Menos mal que se quedaron con él, o la familia entera habría sido el hazmerreír.
—Hecho —dijo Cecilia—. Oye, Miguel, ¿cómo vas con la escuela? ¿Quieres que te pase mis apuntes y guías del examen de admisión? Ya estás en segundo de preparatoria, te falta nada para el examen.
—¡Claro! —respondió de inmediato, sin que Cecilia tuviera que insistir.
La respuesta dejó a Cecilia boquiabierta. Lo había dicho medio en broma. El antiguo Miguel se habría puesto de rodillas rogándole: "¡Por favor, Cecilia, ten piedad de mí!".
Esa actitud renovada la impresionó.
—Perfecto. En cuanto llegue a casa te los organizo —dijo ella.
Recordó que, antes de hacer su propio examen, le había preparado un paquete de resúmenes a Josefina.
—Por cierto —le dijo a su prima—, pásale tus apuntes para que vaya repasando, y el año que viene le preparo unos nuevos a él.
Josefina negó con la cabeza enérgicamente.
—¡Ni lo sueñes! Esos cuadernos están destrozados.
La verdad era que sus apuntes estaban llenos de ejercicios resueltos con errores, y quería conservar algo de dignidad frente a su hermano menor. ¡Se moriría de vergüenza si él descubría que ella resolvía los problemas matemáticos llorando de la desesperación!
—Dáselos, aprender de tus errores le va a servir mucho —insistió Cecilia, sabiendo que las calificaciones de Miguel solían ser peores que las de Josefina.
No lograba entender por qué a esos dos les costaba tanto la escuela. Josefina era distraída, sí, pero lo de Miguel era puro desinterés; iba a la escuela a calentar el asiento.
Para sorpresa de todos, esta vez Miguel no los quería.
—¿Y crees que voy a entender algo de sus garabatos?


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