Lo que invertía por un lado, lo multiplicaba por el otro. Después de todo, no era solo un hombre de negocios implacable, era el presidente del Grupo Novaterra; su olfato financiero era infalible.
Cuando Gabriel leyó el mensaje, acababa de encontrarse con su novia, Nina Soto.
—¿Qué pasa? —preguntó ella al ver su expresión de desconcierto.
—El señor Sandoval me acaba de pedir que compre una repostería de lujo.
Nina abrió los ojos de par en par.
—¿Así de la nada el señor Sandoval va a meterse en el negocio gastronómico?
Gabriel seguía rascándose la cabeza.
—Siento que ese no es el motivo real.
A Nina se le iluminó la mirada al recordar una tarea anterior.
—¿No será porque a su prometida le encantan los postres de ese lugar?
Gabriel no terminaba de creerlo.
—No creo... El señor Sandoval no parece el tipo de hombre que hace locuras solo para complacer a una chica.
—¿Y por qué no? Cuando nos mandó a investigar todos esos restaurantes hace tiempo, ¿no crees que fue para llevar a comer a su prometida? Tiene dinero de sobra, ¿qué tiene de raro que haga algo así por la mujer que ama? No como tú, que ni siquiera me acompañaste al médico cuando te pedí que pidieras el día libre.
Gabriel sintió que le ardían las mejillas de vergüenza. No era que no quisiera; simplemente, en su puesto, el jefe dependía de él para muchas cosas y no podía ausentarse tan fácil. Claro que podía pedir permiso, pero no quería desaprovechar ninguna oportunidad de crecer en la empresa.


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