—¿Con un ramo de flores tan grande, será que el señor Sandoval está intentando conquistar a nuestra señorita Ortiz?
Así era, Agustín Sandoval esperaba a Cecilia con un enorme arreglo floral.
No solo el equipo de investigación estaba intrigado; la propia Cecilia estaba atónita.
—¿Y esto a qué se debe, señor Sandoval? —preguntó.
Si no fueran prometidos, habría pensado que tanta amabilidad escondía segundas intenciones.
—Pasé por una florería y las compré. ¿Te gustan? —respondió él con naturalidad.
A Cecilia le resultaba imposible decir que no le gustaban. El ramo combinaba violetas y tulipanes; no era el más costoso del mundo, pero sí precioso. Simplemente, había dado justo en el blanco de su corazón.
—Me encantan —dijo Cecilia, tomando las flores y abrazándolas contra su pecho.
De pronto, todo el cansancio de las horas extras se esfumó. Ni siquiera se daba cuenta de la enorme sonrisa que iluminaba su rostro ni de cómo le brillaban los ojos.
Subió al auto de Agustín con el ramo en brazos. Él le tendió una elegante bolsa.
—Pasé por una repostería y compré algo de merienda para que piques antes de cenar.
Cecilia no esperaba que Agustín se volviera cada vez más detallista y cariñoso. Antes no le compraba flores. Comida sí, de vez en cuando.
A Agustín no le solían interesar los postres; simplemente no tenía ese antojo, aunque tampoco es que los odiara.
Sin embargo, cuando Cecilia tomó un pequeño trozo de pastel de tiramisú y se lo llevó a los labios, él le dio un mordisco encantado.
—¿Qué tal está? —preguntó ella.

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