Agustín le entregó la bolsa del desayuno.
Lo había traído preparado desde su casa.
Cecilia disfrutaba de los desayunos que preparaba el chef de la mansión.
La última vez que se quedó en la casa de la familia Sandoval, había comido bastante.
Agustín recordó ese detalle y le pidió al chef que le preparara algo especial.
Originalmente, él no había vuelto a la mansión familiar la noche anterior; se había quedado en su propio departamento.
Pero cuando fue a recoger el desayuno, su abuelo lo llenó de preguntas.
Al enterarse de que el desayuno era para Cecilia, Ezequiel se puso de muy buen humor.
Antes le preocupaba que su nieto nunca se casara, pero ahora parecía que al fin había madurado y sabía cómo consentir a una mujer.
—¿Es comida de tu casa?
Al ver que el empaque no era de ningún restaurante, Cecilia tomó la bolsa con una sonrisa.
—Así es, lo mandé a preparar en casa. Come todo lo que quieras si te gusta —confirmó Agustín—.
—Pero no te llenes demasiado, porque vamos a ir a almorzar afuera.
Cecilia no se esperaba que Agustín hubiera planeado un almuerzo.
Pensaba que iban a ir a comer de gorra a casa de la familia Merino.
La expresión en el rostro de Cecilia revelaba de inmediato lo que estaba pensando.
—Ir a la casa de la familia Merino podría ser algo incómodo para ti; es mejor comer en un restaurante —explicó Agustín.
—Como no vives aquí habitualmente, tal vez no sepas que hay muchos restaurantes con muy buena comida.
Lo que Agustín omitió decir fue que había puesto a su secretario a buscar direcciones de restaurantes a deshoras.
Incluso había hecho que su secretario fuera con su novia a probar la comida primero.
Luego de asegurarse de cuáles eran los mejores, le pidió que hiciera una lista.
Su plan era llevar a Cecilia a probar aquellos con una calificación mayor a cuatro estrellas.
Por supuesto, los gastos de la salida del secretario y su novia habían corrido a cuenta de la empresa.
Quizá Agustín no era un experto en el romance, pero sabía muy bien cómo investigar y organizar planes.
Y en internet se podía encontrar demasiada información.
Para él, Cecilia era su prometida.
Y aprender a tratarla también era parte del proceso.
Definitivamente, ningún trabajo era fácil.
Si esto fuera en noviembre y con una llovizna, se estarían muriendo de frío.
Cecilia miró a Agustín de reojo con una sonrisa burlona.
Agustín se mantuvo impasible, pero en el fondo ya planeaba recortarle la mitad del bono a su secretario.
¿En qué lugar había pensado? ¿No podía buscar un restaurante más decente?
Una vez dentro, el ambiente realmente recordaba a las antiguas tabernas, de esas que aparecen en las novelas históricas.
El diseño interior era bastante agradable, e incluso los nombres de los platillos tenían ese toque peculiar.
Cecilia y Agustín se sentaron junto a la ventana. El salón contaba con un pequeño escenario, y en cada mesa había un menú especial para solicitar canciones o presentaciones.
Una artista, de figura esbelta, interpretaba una melodía en el escenario; parecía ser una pieza tradicional.
Aunque a Cecilia no le interesaba mucho ese tipo de espectáculos, le pareció un detalle entretenido.
Agustín, por su parte, no tenía el menor interés; ni siquiera volteó a ver la presentación.
Pidió algunas de las especialidades del lugar.
El sabor estaba bien, pero tampoco era nada extraordinario.

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