Esa joya ahora estaba en manos de Roberto, y algunos miembros de la familia Calvo morían por recuperarla.
Mientras el bisabuelo lo protegiera, no podían hacerle nada.
Pero en cuanto el anciano muriera, seguramente buscarían hasta la forma más sucia de arrebatársela.
También estaba el asunto de su madre. En el pasado, ella venía de una familia con dinero; su matrimonio con su padre y su propio nacimiento habían sido un arreglo dentro de las filas militares.
Su madre también conservaba algunas propiedades y ahorros, y la familia Calvo tenía el descaro de querer ponerles las manos encima.
A Roberto ya ni le quedaban palabras para describir lo sinvergüenzas que eran los Calvo.
—Ay, muchacho... —Teodoro no supo qué responder.
Era evidente que Roberto odiaba a los Calvo, por más que don Fernando hubiera pagado su crianza.
E incluso a pesar de que, al enterarse de que tenía un nieto perdido, el anciano había usado sus influencias para ayudar al padre de Roberto a consolidar su carrera militar.
¿Pero de qué servía todo eso?
Lo que siempre le había correspondido por derecho se lo entregaron como si fuera una limosna. ¿Se suponía que debía llorar de gratitud?
—Tu bisabuelo solo quiere aguantar un poco más, al menos hasta que entres a la universidad —le explicó Teodoro.
Don Fernando ya le había trazado el camino. Quería que ingresara a la academia militar y luego se uniera al ejército. De ese modo, la familia Calvo no se atrevería a meterse con él.
Es más, lo más probable era que ellos mismos terminaran dependiendo de Roberto en el futuro.
—Claro que voy a entrar a la universidad. —Roberto quería estudiar, pero no pensaba convertirse en el escudo de esos zánganos de la familia Calvo.
En cuanto el bisabuelo falleciera, pensaba cortar todos los lazos con la familia.
Lo que tenía ahora era lo que le correspondía por derecho.
¿Por qué diablos tendría que echarse a la espalda la responsabilidad de mantenerlos?
—Don Teodoro, ¿cree que esta doctora pueda tratar las viejas heridas de mi bisabuelo? —preguntó Roberto, cambiando rápidamente el tema hacia Cecilia.
Teodoro sabía que el chico no quería seguir hablando de eso, así que no insistió.
Le presentó a Cecilia:
—Ella estudia en la Universidad de Viento Claro y, además, es la discípula estrella de una eminencia en la medicina tradicional.
De verdad sentía que la presión en su cabeza había bajado.
Hasta el sudor frío de su frente parecía haber disminuido.
Cuando Cecilia terminó de colocar las agujas, se dispuso a secarle el sudor.
Al verla, Roberto se apresuró a intervenir:
—Doctora Ortiz, yo me encargo de eso.
Cecilia no se opuso. Rápidamente le cedió el lugar, permitiendo que el muchacho cumpliera con su deber familiar.
Era evidente que el joven estaba acostumbrado a cuidar de él, pues lo hacía con gran destreza.
A Cecilia le agradó ver la delicadeza con la que trabajaba.
—¿Cómo lo ves? ¿Crees que haya posibilidad de operarlo? —preguntó Teodoro. Había escuchado de Rodrigo que la chica también dominaba la medicina convencional.
La razón por la que lo llamaba maestro era porque él no había sido el primer mentor de Cecilia en esa área.
—Claro, ¿por qué no? Pero... —Cecilia dejó la frase en el aire.

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