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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1069

—¿Adónde vamos?

Cecilia estaba totalmente confundida.

Con la hora que era, ¿a poco el señor Teodoro la iba a poner a trabajar a la fuerza?

—Cuando lleguemos lo verás.

Teodoro no tenía tiempo para explicaciones.

Además, había demasiada gente ahí y no era un buen lugar para entrar en detalles.

Su trabajo era semi-confidencial, por lo que obviamente no podía andar contándolo a los cuatro vientos.

—Yo... —Cecilia quiso negarse, pero Teodoro ya la llevaba a rastras hacia la salida.

Lo único que Cecilia alcanzó a hacer fue despedirse de Agustín con la mano.

Sabrina vio con impotencia cómo su abuelo se llevaba a Cecilia, y sintió un nudo de coraje.

Dado lo especial del trabajo de su abuelo, jamás los había invitado a ellos, sus propios nietos, cuando le llamaban de emergencia.

Qué decir de los nietos, ¡ni siquiera su padre tenía ese privilegio!

¿Y por qué Cecilia sí?

¿Acaso era solo por la relación con su maestro?

Y, por si fuera poco, su abuelo acaba de ofrecerle enseñarle la Técnica de las Trece Agujas a Cecilia, algo que ella misma nunca pudo aprender.

Su abuelo había decretado que toda la generación actual de los Hernández carecía de talento y, por ende, ninguno era apto para aprender la técnica.

Ni siquiera se había molestado en enseñarle, y ya había decidido que no servía para eso.

Sabrina no podía tragarse ese trago amargo.

Pero tampoco podía hacer nada al respecto.

Ella también deseaba con todas sus fuerzas ganarse la aprobación de su abuelo.

Al verlo preferir a una chica que no era de la familia, Sabrina sintió que le hervía la sangre de la envidia.

Giró la cabeza y vio a Agustín, quien también se había quedado atrás.

—Señor Sandoval, mi abuelo necesitaba a Cecilia para algo urgente. Si piensa quedarse a esperarla, ¿por qué no mejor...?

Antes de que Sabrina pudiera terminar la frase, fue interrumpida: —No es necesario, ya me voy.

Agustín no le dio oportunidad de continuar.

Luis tenía algo de qué hablar con Agustín, así que también salió tras él junto con Julia.

Un doctor canoso en bata blanca vio acercarse al señor Teodoro y se guardó la pluma en el bolsillo.

—Oye, Teodoro, ¿trajiste a tu nieta?

Teodoro negó con la cabeza: —No es mi nieta.

—Si mi nieta fuera... —Teodoro dejó la frase en el aire.

A pesar de que Sabrina no destacaba en lo absoluto, seguía siendo su propia nieta, y no quedaba bien menospreciarla enfrente de extraños.

—Es la nieta de un viejo amigo. Ese viejo amigo le enseñó todos sus secretos médicos.

—Con esta nueva recaída del señor Fernando, yo solo no podré hacer mucho.

—Qué bueno que ella es joven y domina la acupuntura. Si trabajamos juntos, más la ayuda de ustedes, tal vez logremos extraerle la metralla.

Esa metralla en el cuerpo del señor Fernando era como una medalla de honor de su época de juventud.

Pero ahora que era un hombre mayor, se había convertido en su mayor tormento; cada vez que llovía o el clima era húmedo, le dolía tanto que quería darse de topes contra la pared.

De no ser porque los actuales herederos de la familia Calvo no daban el ancho, el anciano no habría estado aguantando en vida, negándose a cerrar los ojos de una vez por todas.

Esas recaídas de su vieja herida eran cada vez más insoportables.

Cuando no toleraba el dolor, el pobre hombre se agarraba con tanta fuerza de los barandales de la cama que terminaba con las manos ensangrentadas.

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