Frente a una señora, Germán realmente no se atrevía a pasarse de la raya.
Mientras él dudaba, Macarena no se anduvo con rodeos.
—Seguro vienes a preguntar por qué tu adorada Gina está llorando, ¿verdad?
A Noelia se le borró la sonrisa.
¿Acaso el hijo de la familia Pérez era idiota?
Si Gina estaba llorando, ¿qué culpa tenía su hija?
Noelia clavó una mirada hostil en Germán.
Él sabía que Noelia podría enojarse, pero en ese momento él también estaba furioso.
¿Con qué derecho Macarena usaba su posición para humillar a Gina?
¿Quién se creía que era?
—¿La molestaste otra vez? —preguntó Germán, bajando un poco el tono al sentir la mirada amenazante de Noelia.
Pero Macarena no era tonta, estaba clarísimo que venía a reclamarle.
—¡Pues sí, la molesté!
—¡Como no tengo nada mejor que hacer en todo el día, me dedico exclusivamente a fregarle la vida!
Macarena soltó el sarcasmo sin dudarlo ni un segundo.
A Germán no le importó su tono.
—Macarena, quiero que te quede muy claro: la cancelación de nuestro compromiso no tuvo nada que ver con Gina.
—Espero que dejes de ensañarte con ella.
Macarena tuvo que contener una carcajada.
—Germán, ¿estás mal de la cabeza?
—¿No fui lo suficientemente clara la última vez?
—¡No me gustas en absoluto, y me importa un comino con quién salgas!
—¡No me digas que crees que estoy celosa y me desquito con Gina porque sigo enamorada de ti!
Germán abrió la boca para decir que era obvio, pero al recordar cómo Macarena había insistido en que no le gustaba, sintió que su orgullo quedaba por los suelos.
Aunque no dijo ni una palabra, su expresión lo delató por completo.
—Pues hoy mismo le voy a preguntar a tus padres si la que educa mal soy yo o son ellos.
Por pura casualidad, los padres de Germán también estaban en el evento.
Germán sintió una punzada de pánico.
La última vez que canceló el compromiso por su cuenta, sus padres enfurecieron.
Su propio abuelo, el señor Viriato Pérez, incluso había amenazado con desheredarlo si no le pedía perdón a Macarena y arreglaba las cosas.
Claro, como su abuela lo consentía, las amenazas del viejo no habían pasado de ser simples palabras.
Pero eso solo aplicaba para Germán.
Sus padres, en cambio, ya habían pagado los platos rotos por las estupideces de su hijo.
Si la mamá de Macarena iba a reclamarles, a Germán le iría muy mal.
Al no querer lidiar con los castigos de sus padres, Germán tuvo que agachar la cabeza y disculparse.
—Perdóneme, señora. No fue mi intención ofenderla.
—Hablé sin pensar, por favor, no se enoje.

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