—¿Y quién es tu maestro?
Asier estaba seguro de que si el maestro de Cecilia era alguien de renombre, por fuerza había escuchado de él.
—Mi maestro era Rodrigo. Lo más seguro es que no lo conozcas.
¿Rodrigo?
El nombre no le sonaba absolutamente de nada a Asier.
—¿Es doctor, el señor?
Si era doctor, tenía sentido que no lo conociera.
En un lugar tan grande, había miles de doctores buenísimos.
—Así es, un médico con mucha experiencia.
Los ojos de Cecilia se llenaron de nostalgia al mencionarlo.
Al doctor Serrano nunca le había gustado ser el centro de atención.
—Ya veo... Me pregunto si podrías presentármelo —insistió Asier.
Estaba convencido de que el verdadero asesor de CÉ era ese maestro.
Aún no entendía por qué prefería mantenerse en el anonimato.
—Híjole... eso va a estar un poco difícil —respondió Cecilia, apenada.
—¿No está disponible? —La decepción de Asier era evidente.
¿Por qué era tan complicado conocer a los verdaderos genios?
Había escuchado el rumor de que ese genio soltaría más fórmulas en el futuro, así que, con mayor razón, quería conocerlo.
Poder discutir esas cosas directamente con un experto sería una oportunidad invaluable.
—Pues no, no está disponible. Para que puedas verlo van a tener que pasar un buen de años.
Por supuesto, Asier no se creyó el cuento de Cecilia.
—¿Por qué tantos años?
¿Acaso el doctor Serrano no quería dejarse ver por ahora?
—Pues porque mi maestro ya falleció.
—Y dudo que quieras irte directo al más allá para platicar con él ahorita.
—¿A poco ya te cansaste de vivir?
Por eso, Cecilia contestó cada una de sus preguntas sin problema.
Y de vez en cuando, Asier también le daba buenas ideas.
No en vano se había graduado con honores de una excelente universidad, el tipo tenía lo suyo.
Si no había logrado resultados antes, era simplemente porque otros le habían puesto el pie.
Así que Enzo, a fin de cuentas, sí se había sacado la lotería con él.
Con el tiempo, estaba seguro de que el laboratorio podría valerse por sí mismo, encontrando el rumbo para desarrollar los productos que CÉ necesitaba.
Por otro lado, Asier no se esperaba que el nivel de conocimientos de Cecilia fuera mucho mayor de lo que imaginaba.
Hasta llegó a sentirse poca cosa a su lado.
—Señor Asier, nuestras especialidades van por caminos diferentes.
—Lo mío es tratar a los pacientes en el consultorio, mientras que usted se encarga de que las investigaciones del laboratorio puedan usarse a nivel masivo.
—Yo solo me limito a pasarles la fórmula, pero para llevarla a producción y que sea accesible a más personas, se requiere todo el esfuerzo de su equipo para afinar los detalles, ¿no cree?
Cecilia fue muy humilde.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana