Haber estado a punto de quedar paralítica era un trauma que Valentina llevaría de por vida.
Si Melina y Maurino no terminaban en la cárcel, ella nunca podría superarlo.
—Entonces felicidades para Valentina. Pero, la novia de Maurino, ¿saldrá a testificar?
Si la novia de Maurino daba la cara y asumía parte de la culpa, la condena de Maurino tal vez sería mucho más leve.
Valentina, al escuchar a Cecilia mencionar a esa actricilla, solo sintió ganas de reír.
—Su novia está muy ocupada trepando para conseguir a alguien con más dinero y poder.
Cuando se trataba de la novia de Maurino, Valentina sentía un asco profundo.
Sin embargo, a la chica no le estaba yendo nada bien; el hombre rico que la mantenía ya la había botado.
Valentina sentía que al fin había encontrado un poco de justicia poética.
—¿Cómo que la botaron? —preguntó Cecilia, recordando que la novia de Maurino también había tenido sus enredos con su tío.
Menos mal que su tía tenía buen carácter; cualquier otra persona ya habría destruido la carrera de esa actricilla.
Aunque su tía siempre fue de mente abierta y no se ahogaba en un vaso de agua, lo cual era bueno.
Así como estaban ahora, marido y mujer hacían su vida por separado, pero mantenían un objetivo común: trabajar por el bienestar de sus hijos.
Esa dinámica era la que mejor les funcionaba y nadie más tenía derecho a opinar.
Cecilia había escuchado a su tía Lourdes y a las demás decir que antes habían intentado convencer a su tía de que amarrara en corto a su marido.
Pero la mentalidad de su tía era que, en lugar de pasarse la vida cuidando las aventuras de su marido y convertirse en un matrimonio resentido...
...era mucho mejor controlar su cartera.
Si el dinero del marido lo manejaba ella, ¿qué importaba a dónde se fuera él?
Además, ¿acaso esas mujeres realmente se sentían atraídas por un hombre panzón y grasiento?
Ya no era un jovencito; no solo su figura había empeorado, su energía también iba en picada.
¿Qué le veían de bueno?
Esa actitud tan despreocupada de su tía era algo que muchos no lograban imitar.
Mucho menos tener el control absoluto de las finanzas familiares.
Por eso, el estilo de vida de su tía no era apto para cualquiera.
—Porque su patrocinador ya le echó el ojo a una nueva —respondió Valentina, como si fuera lo más simple del mundo.
Valentina no tenía intención de ocultar que disfrutaba la desgracia ajena.
Después de todo, a quien más le estaba agradecida era a Cecilia.
Según le contó Tatiana, cuando ocurrió su accidente, fue gracias a que Cecilia contactó de inmediato al hospital que pudieron reunir tan rápido al equipo de especialistas.
El médico que la salvó de urgencia también era un conocido de Cecilia.
Y luego, con las terapias de rehabilitación, las técnicas de Cecilia resultaron ser mucho más efectivas que las de muchos médicos experimentados.
En la parte de la rehabilitación, no solo contaba con Cecilia.
También había una doctora encargada de darle masajes diarios, proveniente del área de rehabilitación del hospital.
Era ella quien le dirigía los ejercicios de rutina.
Antes de conocer a Cecilia, esa doctora siempre pensó que quien trataba a Valentina era un experto de la tercera edad.
Solo cuando conoció a Cecilia en persona se dio cuenta de que se trataba de una jovencita.
Desde ese momento, la admiración de la doctora no tuvo límites.
Cada vez que Cecilia iba, ella llegaba temprano solo para observar y aprender.
Las breves correcciones que Cecilia le hacía le habían servido muchísimo a la doctora.

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