La lesión de Ireneo era grave.
Su tiempo de descanso se extendió indefinidamente.
Incluso si se recuperaba, no era seguro que pudiera volver a la empresa.
A diferencia de la tranquilidad que había disfrutado Beatriz últimamente, el ajetreo de Rubén era evidente.
Esa noche, bien entrada la madrugada, el pequeño se movía sin parar.
Prácticamente no podía acostarse.
Cada vez que lo intentaba, sentía que le faltaba el aire. Sin más remedio, Beatriz se levantó de la cama con mucho cuidado.
Sosteniéndose la panza, se sentó en el sillón individual de la sala de estar.
Reclinó a medias el sillón eléctrico y se acomodó, acariciando su vientre para calmar al bebé.
Procuraba moverse con la mayor delicadeza para no despertar a Rubén.
A eso de las tres de la mañana, Rubén, medio dormido, buscó instintivamente la panza de Beatriz para acariciarla.
Al no encontrar nada, el susto lo despertó de golpe.
El sueño se le fue por completo.
Levantó las sábanas a la velocidad de la luz y, descalzo, corrió hacia el baño.
Al ver que no había nadie, abrió la puerta de la recámara principal con desesperación.
En el instante en que vio la silueta recostada en el sillón, a Rubén se le encogió el corazón.
Sintió una opresión en el pecho, un nudo en la garganta que apenas lo dejaba respirar.
Se acercó y se arrodilló lentamente frente al sillón. Tomó la mano de ella, que descansaba sobre su vientre, y la apretó con suavidad, llevándosela a los labios para besarla.
En cuestión de segundos, la culpa lo arrolló como una ola gigante, amenazando con ahogarlo en la oscuridad de la noche.
Beatriz se despertó por el calor de algo húmedo en el dorso de su mano.
Sobresaltada, giró la cabeza y, al ver que era Rubén, se tranquilizó. Intentó retirar la mano, pero él no se lo permitió.
—¿Te desperté? —preguntó ella en voz baja.
—No —respondió él con la voz ronca, como si acabara de llorar—. ¿Por qué no estás en la cama?
***
A las 36 semanas, los días se hacían cada vez más pesados.
Beatriz se veía demacrada.
No tenía nada del glamour de las protagonistas embarazadas de las series o las novelas románticas. En la recta final del embarazo, lo único que quería era quedarse acostada sin moverse.
Pero no podía.
Si pasaba mucho tiempo de pie, le dolía la espalda.
Si pasaba mucho tiempo acostada, el pequeño dentro de ella protestaba con una energía arrolladora.
Al ver que la fecha se acercaba, Rubén empezó a trasladar su trabajo a la Villa de la Montaña Esmeralda.
La sala de la planta baja se convirtió en su oficina.
De esa manera, al menos podía estar en casa para resolver cualquier imprevisto de inmediato.
Ese día, después de comer, Beatriz salió al jardín con Vanesa para alimentar a los gatos, con Valeria y Andrés flanqueándola.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina