Uno a cada lado, la vigilaban con sumo cuidado.
Beatriz no podía agacharse, así que se limitó a observar cómo Vanesa se encargaba de todo.
Justo cuando terminaron de alimentar a los gatos y se disponían a entrar, vieron a Alberto llegar con varios directivos de Capital Futuro. Bajaron de los carros a toda prisa y Mario los guio hacia la sala de la planta baja.
Al verla, el grupo se detuvo y la saludó respetuosamente.
—Señora Tamez.
—¿Vienen a hablar de trabajo? —preguntó Beatriz casualmente.
Alberto asintió.
—Sí, surgió un problema con un caso de fusión y adquisición. Hay que empezar de cero.
Beatriz comprendió y asintió a su vez.
—Adelante, no se preocupen por mí.
Supuso que, si Alberto y los demás habían venido con tanta urgencia, se trataba de algo importante. Sin esperar a Rubén, decidió prepararse para dormir temprano.
Sin embargo, justo cuando tomaba su pijama para entrar al baño, él apareció.
—¿Qué haces aquí arriba? ¿No tenías trabajo? —preguntó Beatriz, sorprendida.
—Están discutiendo el plan. Vine a ayudarte a prepararte para dormir.
—No te preocupes, yo puedo sola.
—No es molestia. El trabajo no se va a resolver en un momento, de todas formas no terminaremos hoy. Cuidarte es la prioridad.
—¿Estás seguro? —Beatriz seguía pensando que no era correcto—. Alberto y los demás están esperando abajo.
—Seguro.
Rubén la rodeó por la cintura y la guio hacia el baño.
—Tú tranquila —le susurró para calmarla.
Cuando Beatriz salió del baño ya eran casi las nueve. Normalmente, a esa hora seguía el masaje, un ritual que solía terminar alrededor de las nueve y media.
Beatriz llamó a Valeria para que subiera y luego instó a Rubén a que bajara.
Con una sonrisa burlona, el señor Tamez le preguntó:
—¿Ya me estás corriendo? ¿Tan rápido te cansaste de mí?
A las diez de la noche, Valeria apagó la luz principal de la sala de estar, dejando encendida una pequeña lámpara de noche para que iluminara sutilmente la recámara principal sin ser demasiado brillante.
Justo cuando bajaba, Rubén salía de la sala.
—¿Ya se durmió?
—Acaba de dormirse.
—¿Ajustaste la cama? ¿Dejaste su celular a su lado? —volvió a preguntar el señor Tamez.
—Sí, no se preocupe.
—Gracias por tu trabajo —dijo Rubén, asintiendo—. Dile al personal de guardia nocturna que suba a la sala de estar. Con Mario abajo es suficiente. Ya vete a descansar.
—De acuerdo.
En la Villa de la Montaña Esmeralda siempre había personal de guardia por la noche para cualquier eventualidad.
Cuando los señores de la casa traían trabajo, les servían té o café, pero si no había nada que hacer, pasaban la noche en una pequeña habitación designada en la planta baja.
Valeria a menudo escuchaba a sus compañeros decir en privado que querían echar raíces en su puesto en la Villa de la Montaña Esmeralda. El sueldo era alto, tenían todas las prestaciones de ley y hasta más, el trabajo era tranquilo, las horas extra se pagaban generosamente, y lo mejor de todo, ¡el jefe no tenía mañas raras!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina