En cuanto entró a la sala, vio a Beatriz y Vanesa sentadas en el sofá, muy concentradas en la pantalla de una tablet.
Sus pasos apresurados se calmaron considerablemente. Se quitó el abrigo y tomó la toalla caliente que le ofrecía Valeria. Mientras se secaba las manos, se acercó a ellas.
—¿Qué tanto ven?
—¡Tío, estamos viendo nombres! El abuelo nos mandó una lista con varias opciones.
—A ver…
Vanesa le pasó la tablet a Rubén.
—Por lo que veo —explicó ella—, el abuelo quiere seguir con la tradición familiar. La mayoría de los nombres que mandó empiezan con la misma letra.
Rubén les echó un vistazo rápido, asintió con un sonido y le devolvió la tablet a Vanesa.
Extendió la mano para ayudar a Beatriz a levantarse del sofá.
—Primero te acompaño a que te prepares para dormir.
—No hay prisa, descansa un poco —dijo Beatriz, apartando suavemente su mano y mirándolo—. ¿Ya cenaste?
—Todavía no.
—Entonces ve a cenar primero. Lo de arreglarme no urge.
—Anoche no dormiste bien y hoy fuiste a la oficina. Deberías acostarte temprano.
—Dormí una siesta en la tarde, no tengo sueño todavía —explicó Beatriz en voz baja—. Ve a cenar, por favor.
Rubén la observó y, al ver que en efecto no parecía cansada, asintió lentamente.
—No me tardo.
—Tú tranquilo, come con calma.
En cuanto él se fue, Vanesa abrazó el brazo de Beatriz y lo meció suavemente. Con la punta del dedo, le picó la panza con delicadeza.
—¡Mi niño hermoso! Cuando nazcas, acuérdate de estar pegado a tu papá, ¿eh? ¡No a tu mamá!
—¿Por qué? —preguntó Beatriz, curiosa.
—¡No seas ingenua! Si se pega a ti, la que va a sufrir eres tú. Mi prima tuvo un bebé que solo la quería a ella. Aunque tenía niñera y enfermera en casa, no podía ni moverse. A veces tenía que llevárselo hasta al baño. Se le veía agotadísima.
—No quisiera que te pasara lo mismo, tía.
Solo de escucharlo, sonaba horrible.
Beatriz no se imaginaba que las palabras de Vanesa resultarían ser una profecía.
Ella estaba recostada en el lavacabezas, sintiendo los dedos de Rubén moverse entre su cabello mientras conversaban tranquilamente.
Hablaron sobre la futura educación del niño.
Y luego sobre su nombre.
—¿Viste bien los nombres que mandó tu papá?
—Sí, los vi —respondió Rubén, sin dejar de masajearle el cuero cabelludo.
—¿Cuál escogemos?
—Lo del nombre es cosa nuestra. La opinión de los mayores es solo una sugerencia.
—Pero Vanesa dijo que sus nombres los escogió él.
—Ellos son ellos, nosotros lo decidiremos por nuestra cuenta —dijo Rubén, sin darle importancia.
—¿Y tu papá no se va a molestar?
—Si no lo oigo, no me entero. Aunque a mi padre no le guste, no nos lo dirá en la cara, y si no lo dice, es como si no pasara nada.
Beatriz pensó: «¡Vaya hijo que resultó ser!».

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ayer me despreciaste por coja, hoy me deseas por reina