Emma apretó el sobre con el dinero contra su pecho mientras caminaba sin rumbo, sintiendo que el aire se volvía denso. No había avanzado dos calles cuando un dolor agudo y punzante le atravesó el vientre, obligándola a doblarse por la mitad. El sudor frío le empapó la frente y, al entrar al baño de una cafetería cercana, el rastro rojizo en su ropa interior le confirmó su peor pesadilla: una amenaza de aborto. El pánico la invadió, pero no fue un pánico por Noah, sino por esa pequeña vida que, a pesar de todo, no tenía la culpa de la podredumbre de su padre. Tras pasar horas en observación en una clínica pública, donde el médico le ordenó reposo absoluto y calma, Emma se quedó mirando el techo descaracado de la sala.
En pocos días había perdido demasiado. Ya no quería derramar más lágrimas. Y por otro lado, sentía que algo dentro de ella se había secado, dejando en su lugar una costra dura y fría. Seguía doliendo, tanto que se sentía insoportable, pero sabía que no podía despreciar el dinero del sobre; aunque deseaba quemar cada billete que viniera de sus manos, quizá botarselos a la cara, no obstante, la realidad era que estaba sola, sin empleo y repudiada por su propia madre. La necesidad fue el combustible de su rabia. Si Noah pensaba que podía borrarla con un fajo de billetes estaba muy equivocado.
Estaba dispuesta a hablar, a hacer que todos se enteraran de la clase de basura que él era.
El sábado llegó con un cielo plomizo que parecía acompañar su estado de ánimo. Emma se vistió con lo mejor que tenía, ocultando su palidez tras una máscara de determinación. Ya no era la mujer sumisa que esperaba llamadas a medianoche; ahora era una mujer que no tenía nada que perder, una a la que le habían destrozado el corazón de una forma tan horrible que le dolían las entrañas.
Se dirigió a la mansión de los Campbell, un lugar que siempre tuvo prohibido visitar y que ahora sabía que todo había sido por "mantener las apariencias". Al llegar, el despliegue de opulencia la recibió como una bofetada: autos de lujo, guardaespaldas con audífonos y el brillo de los diamantes que se vislumbraba a través de los ventanales.
«Que tonta fui pensando que me pediría matrimonio a mí» se dijo mentalmente, tratando de contener el temblor de sus labios.
Cuando intentó cruzar el perímetro, dos hombres de seguridad le cortaron el paso con brusquedad.
Había una lista selecta de invitados y obviamente ella no figuraba ahí.
—¡Tengo que pasar! ¡Noah tiene que darme la cara! —gritó Emma, forcejeando mientras los hombres la sujetaban por los brazos, lastimandola, tratando de sacarla de la vista de los invitados.
—Lárgate de aquí si no quieres que llamemos a la policía, niñita —le espetó uno de ellos, empujándola hacia atrás.
—¡Suéltenme! ¡Díganle que Emma está aquí! ¡Que deje de esconderse y que me dé la cara como hombre!
A unos metros de distancia, Benedict Campbell salió a una de las terrazas laterales, buscando el aire fresco y el silencio que el interior de la fiesta, cargado de hipocresía, le negaba. Encendió un cigarrillo y observó la escena con una curiosidad gélida. Sus ojos grises, oscuros bajo la luz del atardecer se encontraron con los de Emma. Una corriente eléctrica, pesada y cargada de una extraña familiaridad, recorrió la espina dorsal de la mujer. Benedict caminó hacia ellos con una elegancia depredadora, haciendo que los guardias se tensaran.
—Yo te conozco —dijo Benedict con su voz grave, exhalando el humo lentamente. Tenía buena memoria para los rostros, y sabía que ella estabas en la empresa hace unos días. No era fácil olvidar un rostro bonito como el de ella.
—Trabajas para mí sobrino —concluyó.



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