El temblor en las piernas de Emma fue tan súbito que casi la hace perder el equilibrio, obligándola a recargarse contra el marco de la puerta. Su mano, aún aferrada al pomo, vibraba con una intensidad que parecía ajena a su cuerpo, mientras rogaba internamente que aquel gemido hubiera sido una mala jugada de su mente, una alucinación producto del cansancio. Sus ojos se llenaron de agua, nublando su visión, y en un acto de masoquismo involuntario, giró el pomo y empujó la puerta. La escena que encontró al entrar la dejó petrificada: la mujer pelirroja estaba empotrada contra el borde del escritorio, con el vestido desacomodado y los pechos al aire, mientras Noah la embestía con una fuerza animal, sus manos apretando la carne de la desconocida con la misma posesión con la que alguna vez tomó la de ella. Emma se quedó pasmada, con el alma deshilachándose, sin saber si quería encararlo para gritarle que era un maldito desgraciado o simplemente echarse a correr hasta que los pulmones le fallaran. Una lágrima traicionera se deslizó por su mejilla justo cuando él levantó el rostro y la vio. Pero lo que siguió fue mucho peor. Noah no se detuvo, ni siquiera mostró un atisbo de vergüenza, en cambio, continuó con la faena manteniendo una sonrisa que la destrozó por completo. Aquella expresión le confirmó que ella nunca había sido más que un entretenimiento.
Emma retrocedió con el labio tembloroso, sintiendo un vacío negro expandirse en su interior, y cerró la puerta con una fuerza que resonó en todo el pasillo.
Salió corriendo, ignorando las miradas de los empleados que aún quedaban en sus puestos. No era solo lo que había visto, era el peso de cada mentira y cada promesa de amor lo que la estaba asfixiando.
Al llegar a la recepción, su ceguera por el llanto provocó que chocara abruptamente con alguien. Unos brazos firmes la sostuvieron por la cintura para evitar que cayera al suelo, y al levantar la vista, se encontró con unos ojos grises, contrarios a los verdes de Noah, pero con un aire mucho más altivo y una profundidad gélida que la intimidó al instante. Era Benedict Campbell, el tío de Noah.
—Lo... lo siento —logró articular Emma, con el corazón martilleando contra su pecho como un animal enjaulado. Lo tenía tan cerca que pudo percibir su aroma masculino, que la envolvió por un segundo. El hombre era imponente y sus brazos se sintieron grandes cuando ella se apoyó en ellos para recomponerse. Benedict la observó con una arrogancia que la hizo apretar los dientes.
—Esto es una empresa, no un parque de diversiones; debería tener más cuidado —le dijo con una voz grave que vibró en el aire. Emma sintió una punzada de irritación; lo único que le faltaba era lidiar con otro miembro de esa familia.
Se limpió una lágrima de forma disimulada y lo miró con un toque de ironía.
—Lo tendré en cuenta —respondió, aunque por dentro quería gritarle que se fuera al diablo.
—Ahora, ¿podría soltarme? —le preguntó, y Emma se dio cuenta de que, en su shock, ella misma se estaba aferrando demasiado a la tela fina de sus brazos. Aquel toque le quemó por un instante.
Se apartó de prisa y salió de inmediato al exterior, buscando el aire frío de la tarde mientras Benedict le dedicaba una última mirada antes de subir a su propio auto de lujo.
Caminó por las calles hasta que decidió detener un taxi para ir a casa, pero en cuanto se desplomó en el asiento trasero, su celular empezó a sonar. Era Noah. Decidió ignorarlo, apretando el aparato contra su pecho mientras sollozaba en silencio. Sin embargo, al llegar a su casa y bajar del vehículo, se encontró con que él ya la estaba esperando, apoyado en su deportivo con una arrogancia que la dejó sin aliento. Sin darle tiempo a reaccionar, la tomó del brazo y la obligó a subir a su auto, conduciendo a toda velocidad hacia un hotel discreto en las afueras de la ciudad. Emma estaba indignada, la bilis subiendo por su garganta ante la audacia de ese hombre.
—No tuviste suficiente con la mujer en tu oficina y ¿ahora quieres follar conmigo? —le preguntó en cuanto estuvieron solos en la habitación. Sus ojos ardían y sentía que el corazón se le rompía en pedazos; lo amaba tanto que el dolor era físico, una agonía que la consumía. Noah se encogió de hombros, quitándose el saco con una tranquilidad que la enfermaba.
—No esperaba que volvieras, y mucho menos que entraras sin llamar a la puerta —respondió, como si la culpa fuera de ella por haber descubierto su traición. Emma no podía creer lo que escuchaba.


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