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Amor que Fue romance Capítulo 180

...

La villa de la familia Díaz, con sus columnas talladas y detalles artísticos en madera, exudaba una elegancia discreta en cada rincón.

Era el tercer día desde que Selena, acompañada de su “asistente”, se había mudado a la villa de los Díaz.

En plena madrugada.

—¡Toc, toc, toc!

Selena despertó de golpe con el sonido apresurado en la puerta.

En cuanto abrió, una de las empleadas, al borde del llanto y visiblemente alterada, balbuceó:

—Señorita, la abuela está muy mal, parece que ya no aguanta más.

La puerta del cuarto de la abuela estaba abierta de par en par. Frente a ella, varias siluetas se dibujaban en la penumbra, todas con el rostro desencajado y los nervios a flor de piel.

Alrededor de la cama se agolpaban varios familiares de los Díaz, cada uno con los ojos rojos e incapaces de contener el llanto.

El ambiente se llenaba de sollozos, suspiros y palabras de consuelo entrecortadas.

La abuela, con el rostro ya sin vida, vio a Selena y, con el poco aliento que le quedaba, murmuró—Fabiola—, para luego exhalar su último suspiro.

Selena se quedó quieta, observando el semblante sereno de la anciana. Sintiendo el calor de las lágrimas apoderarse de sus mejillas, gritó con voz temblorosa:

—...Abuela.

Los demás familiares se acercaron, y la habitación se inundó de llantos, lamentos y abrazos de consuelo.

...

En el salón principal de la villa de los Díaz aún flotaba en el aire el rastro de incienso y la tristeza de los días de duelo.

Las visitas de condolencia ya se habían marchado. Ahora solo quedaban los miembros más importantes de la familia Díaz.

Los familiares, sentados según su antigüedad en la familia, mantenían una expresión de tristeza exacta, ni de más ni de menos. Sin embargo, bajo esa tristeza, se percibía una ansiedad apenas contenida, mezclada con expectativa.

Camila, sentada en el sitio más cercano al frente, lanzaba miradas furtivas hacia Selena, que se encontraba sola en un sillón junto a la ventana, con una postura relajada, como si nada de esto fuera con ella.

Detrás de Selena, las dos “asistentes” que la acompañaban aguardaban en silencio, atentas a cualquier señal.

Camila, retorciendo el borde de su vestido, mantenía el gesto de dolor, aunque sus ojos no dejaban de brillar con inquietud.

Aunque sentía el peso de esas miradas que casi podían quemarla, Selena ni siquiera se dignó a parpadear.

El abogado prosiguió:

—Si Fabiola no tiene hijos legítimos, o si estos tampoco pueden ser localizados, todos los bienes serán administrados por una fundación profesional y, tras cien años, donados en su totalidad a obras de caridad.

Al terminar, cerró la carpeta y se ajustó los lentes, mirando a todos con expresión neutral.

El salón cayó en un silencio incómodo, denso, como si cualquier palabra pudiera encender una chispa.

Una mujer de mediana edad, vestida con un elegante vestido verde oscuro, apretaba con fuerza el brazo del sillón. Sus labios se movían como si quisiera decir algo, pero al final solo soltó un suspiro pesado y desvió la vista.

Selena por fin levantó la cabeza. Observó, con una calma casi desafiante, a los “familiares” que la rodeaban. En sus labios apareció una sonrisa sutil, carente de cualquier simpatía, como si contemplara una escena ridícula y sin importancia.

Una de sus “asistentes” se adelantó un paso y, en voz baja, tan solo para que Selena pudiera oírla, murmuró:

—El señor Méndez me pidió decirle que puede contar con él para todo.

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