Ahora todo tenía sentido.
Selena al fin comprendió la verdad.
Entendió por qué Camila había estado tan desesperada en buscarla, por qué se había presentado en su puerta, llorando y suplicando para que volviera a la casa de los Díaz y acompañara a la abuela en sus últimos días.
No era porque temieran que ella se llevara una parte más grande de la herencia.
Sino porque, sin ella, ni un solo miembro de la familia Díaz podría acercarse a esa fortuna gigantesca.
Ella era la única llave capaz de abrir ese legado inmenso.
Sentía el peso de las miradas que parecían dispuestas a devorarla viva, y dentro de sí, una frialdad absoluta la envolvía.
Podía percibir, sin el menor esfuerzo, las intenciones ocultas y la frustración tras esos ojos que la observaban. Todo era codicia y descontento.
Si de verdad hubiera sido una huérfana indefensa, sin nadie que la respaldara, apenas saliendo de la casa de los Díaz, tal vez no hubiera sobrevivido ni tres días.
—Abogado Torres.
—¿Señorita Monroy, necesita algo más?
De nuevo, todas las miradas recayeron sobre Selena.
Ella se puso de pie con calma y caminó hacia el abogado, con una seguridad que desbordaba el ambiente.
Su mirada recorrió a todos los presentes de la familia Díaz, hasta que finalmente se detuvo en el abogado.
—Por favor, abogado Torres, quiero redactar mi testamento ahora mismo.
Apenas terminó de hablar, el silencio se apoderó de la sala.
Camila se quedó paralizada, la expresión en su rostro era una máscara rígida.
—Si llego a fallecer —prosiguió Selena, su voz resonando clara, cada palabra golpeando directo en el corazón de todos—, todo lo que herede de la familia Díaz, ya sean bienes, propiedades o la totalidad de las acciones de Joyería Díaz, será donado íntegramente a obras de caridad. El testamento tendrá efecto inmediato.
—¡¡¡—
Un suspiro ahogado recorrió el salón, como si el aire se hubiera vuelto más pesado.
Todos lucían atónitos, incapaces de creer lo que escuchaban.
Selena observaba sus caras, cada una más colorida y cambiante que la anterior, y no pudo evitar que una pequeña sonrisa se asomara en sus labios.
—¿¡Con qué derecho!? —gritó una voz aguda, cargada de furia y una indignación casi infantil.
—¡No quise decir eso! Lo que yo...
—¿Entonces qué quisiste decir?
—¿Que estorbo?
Las palabras de Selena cayeron como una cubetada de agua. Todos los que antes gritaban y se exaltaban, de pronto se quedaron mudos, como si les hubieran apretado la garganta.
Una calma espesa volvió a apoderarse del lugar. Selena sabía bien que no le temían a ella, sino a su nuevo papel como la heredera de la familia Díaz.
Sin molestarse en darles otra mirada, se volvió hacia el abogado Torres:
—Le encargo, por favor, que prepare el testamento cuanto antes.
Tras esas palabras, se dirigió hacia la puerta. Dos de sus asistentes la siguieron sin dudar.
A sus espaldas, las miradas de todos los Díaz ardían de enojo, como si pudieran prenderle fuego con solo observarla.
El abogado Torres se ajustó los lentes, con el corazón acelerado.
Esa joven Monroy, a quien recién habían reconocido como familia, sí que tenía agallas y era de decisiones fulminantes...

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