En los días siguientes, Selena hizo todo lo posible por sacar tiempo y visitar el hospital.
La habitación siempre se mantenía en un silencio casi absoluto, solo interrumpido por el suave pitido de las máquinas médicas.
La señora pasaba la mayor parte del tiempo sumida en un sueño profundo.
En ocasiones, despertaba. Cuando veía que era Selena quien la acompañaba, su mano delgada y frágil se movía apenas.
Selena entonces le ofrecía la suya, permitiendo que la anciana la tomara.
A veces, la señora murmuraba el nombre “Fabiola”, pero la mayoría de las veces se limitaba a mirarla, con una expresión de dependencia en los ojos.
—…Quiero volver a casa… déjame volver a casa…
Camila se apresuró a inclinarse y tranquilizarla:
—Mamá, cálmese, el doctor dice que ahorita…
—No quiero quedarme aquí… —la interrumpió la señora con voz débil—. Quiero regresar a casa…
El doctor llamó a Camila al pasillo.
—La verdad, el cuerpo de la señora ya no está respondiendo bien. Sus órganos están fallando. Le soy sincero, no le queda mucho tiempo.
—Muchos adultos mayores, cuando sienten que se acerca el final, desean pasar sus últimos días en un lugar familiar. Si pueden hacerlo… permítanselo.
Sentadas en una banca del pasillo, Camila apenas pudo contener el llanto:
—Selena…
—Sé que esto es repentino, y que te estoy pidiendo algo muy difícil… pero… mamá quiere volver a casa…
—El doctor también lo dijo. Ya casi no le queda tiempo.
—¿Tú… tú podrías… mudarte a la villa de la familia Díaz por un tiempo? Solo… para que la acompañes, para que no se vaya sola…
—Te lo suplico, ¿sí?
Las imágenes de la anciana postrada en la cama, de esa voz débil repitiendo el nombre “Fabiola”, y las palabras de Camila sobre viejos secretos y arrepentimientos de toda una vida, le dieron vueltas en la cabeza a Selena.
Ese lazo sutil e inesperado que sentía, en este momento se volvió más claro que nunca.
Asintió despacio:
—Está bien.
...
Al regresar a su edificio, Selena vio a Isaac apoyado en su carro. A sus pies, una serie de colillas dispersas delataban que llevaba un buen rato ahí.
Ese día Isaac no vestía traje. Llevaba un suéter oscuro de lana ligera y encima un abrigo a juego, con el cuello abierto, lo que le daba un aire menos rígido y más relajado de lo habitual.
—¿Te vas a mudar con la familia Díaz? —preguntó directo.
Selena ya lo sospechaba. Era imposible ocultarle algo.
—Está bien, que los guardaespaldas vayan conmigo.
Isaac no esperaba una respuesta tan directa.
Asintió, y una sonrisa leve se le escapó de los labios.
Por fin… no le había rechazado su “ayuda”.
—Mañana mando a alguien por ti —dijo con satisfacción que no pudo ocultar—. Los guardaespaldas se harán pasar por chofer y asistente, no va a ser muy obvio.
Selena asintió y se dispuso a irse.
—Selena.
Ella siguió caminando, sin voltear.
—Voy a cuidarte.
Su voz fue baja, pero cada palabra sonó firme, casi como una promesa sagrada.
Selena no respondió, solo avanzó hacia la entrada de la escalera.
Detrás de ella, Isaac la miró desaparecer tras la puerta, y, sin darse cuenta, sus dedos buscaron el bolsillo de su pecho.
Ahí guardaba una foto de ella, tan manoseada que las esquinas ya estaban gastadas.

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