—Llegaste —dijo Camila, tomando la mano de Selena—. Pasa, rápido.
En la cama del hospital yacía una anciana, delgada hasta los huesos, con los ojos cerrados y la respiración tan ligera que apenas se notaba, como si estuviera dormida.
Camila se acercó con paso suave, se inclinó y murmuró en voz baja:
—Mamá, despierta. Mira quién vino a verte.
La anciana abrió los ojos poco a poco. Su mirada, algo perdida, recorrió con lentitud la habitación.
Cuando sus ojos se posaron en Selena, la expresión apagada de su mirada se encendió de pronto, como si una chispa hubiera iluminado su interior.
Con la mano temblorosa, señaló a Selena, esforzándose por levantar el brazo.
—¿Fabiola...? ¿Eres Fabiola?
Intentó incorporarse con todo el cuerpo, pero su cuerpo no respondía.
Camila la sostuvo de inmediato.
—Mamá, tranquila, no te alteres.
Selena permaneció de pie, mirando en silencio a la anciana.
El tiempo había dejado huellas profundas en el rostro de aquella mujer, pero aun así, Selena alcanzaba a distinguir en sus rasgos, en la forma de sus cejas y la curva de su nariz, un parecido innegable con ella misma.
Y entonces, cuando la anciana pronunció aquel nombre—Fabiola—fue como si algo amargo y pesado se deslizara dentro de su pecho, expandiéndose poco a poco.
Selena siempre creyó que la necesidad de sentir cariño familiar había desaparecido en ella, que ya no le hacía falta. Pero al ver, tan de frente, la fuerza de la sangre y el parecido reflejado en otra persona, se dio cuenta de que hay vínculos que no se pueden negar.
Camila, notando la emoción de la anciana, se apresuró a aclarar:
—Mamá, no es Fabiola. Ella es Selena, la hija de Fabiola.
Luego volteó hacia Selena, y su tono se volvió mucho más cálido:
—Ella es tu abuela.
La anciana pareció no escuchar, o quizá solo quería creer en lo que sus ojos le decían.
Siguió mirando fijamente a Selena, repitiendo en voz baja, una y otra vez:
—En la familia todos esperaban que tomara las riendas del negocio, que encontrara a alguien de su mismo nivel. Pero ella se enamoró de un... pintor.
—No era famoso ni tenía dinero, la verdad.
—Mi mamá se enojó muchísimo. Creía que Fabiola se había dejado llevar por el amor, que había perdido la cabeza. Nunca aceptó esa relación —la voz de Camila se volvió más baja, con un dejo de tristeza inconfundible—. Le dijo cosas muy duras, incluso... incluso la amenazó con romper todo lazo entre ellas.
—Supongo que ya te imaginas lo que pasó después —Camila forzó una sonrisa—. Mi hermana se fue con el pintor, sin dejar un aviso, sin despedirse. Hemos hecho de todo para encontrarla todos estos años, pero nunca supimos nada.
—Mi mamá... en el fondo se arrepintió hace mucho. Su salud fue empeorando con el tiempo, y lo único que repite, una y otra vez, es el nombre de Fabiola. Siempre dice que, si no hubiera sido tan obstinada, si hubiera aceptado la relación, quizá... quizá Fabiola nunca se habría ido.
Selena la escuchó en silencio, sintiendo cómo algo invisible la golpeaba por dentro.
Así que aquella madre que solo existía en su imaginación había tenido un amor tan intenso, tan decidido. ¿Pero entonces qué pasó después? ¿Por qué ella terminó en un orfanato?
Y la abuela que yacía en esa cama, arrastrando tantos años de arrepentimiento y añoranza, seguía esperando después de tanto tiempo.
¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Era cariño familiar que llegaba demasiado tarde? ¿O una mala jugada de la vida?
Selena no supo qué pensar ni cómo sentirse. Todo era demasiado confuso.

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