Unos minutos antes de las ocho de la noche, el salón principal de la mansión resplandecía como un escenario preparado para el gran acto final.
Luciano, envuelto en la precisión impecable de un traje negro hecho a medida y una corbata borgoña que intentaba, sin éxito, conferirle un aire de sofisticación, aguardaba al pie de la gran escalera.
Su rostro, tenso y marcado por un rictus de incertidumbre, revelaba el esfuerzo interno por mantener el control. Su mente giraba en torno a un objetivo claro y, al mismo tiempo, desesperado: Catalina debía presentarse de manera convincente.
Lo suficiente para calmar a la prensa, apagar los rumores y proteger su cuidadosamente construida imagen de esposo respetable. Aunque, claro está, bajo ningún concepto debía eclipsarlo.
El eco de los tacones descendiendo la escalera fue el único aviso previo antes de que la viera.
En ese instante, el aire pareció atorarse en su pecho y su mundo, por un momento que se alargó indefinidamente, dejó de girar.
Catalina descendía con la serenidad de una reina reclamando el trono que le había sido arrebatado.
El vestido que había escogido, radicalmente distinto al que Luciano le entregó esa misma tarde, rompía por completo cualquier expectativa.
No era negro, ni de luto, ni discreto.
Era un diseño plateado que abrazaba su figura como si estuviera tejido con la misma luz que iluminaba el lugar. Las transparencias estratégicas delineaban su silueta con una precisión que rozaba la osadía, mientras la pedrería fina y los cientos de canutillos y cristales bordados a mano caían en cascada desde el escote corazón hasta la cola sirena.
Aquella prenda no era solo un vestido, sino una mezcla exquisita de elegancia y poder que se desplegaba ante los ojos de todos.
Su cabello, recogido en un moño bajo con mechones sueltos como si el viento los hubiera acariciado intencionadamente, enmarcaba la esbelta línea de su cuello y reforzaba la firmeza de su postura altiva.
Era un vestido digno de coronación. Y, precisamente por eso, resultaba demasiado para la mujer que Luciano creía esperar.
O, más bien, para la mujer que él seguía convencido de controlar.
Por todo ello, Catalina sonrió.
—¿Listos? —preguntó con su voz suave pero impregnada de una letalidad serena, acompañada por una tranquilidad feroz que hablaba por sí sola.
Era como si los meses de sometimiento jamás hubieran existido, como si las humillaciones que él le había impuesto fuesen poco más que anécdotas irrelevantes.
Luciano, desconcertado, tardó un segundo más del socialmente aceptable en reaccionar.
Su mirada subió y bajó por aquella figura que, en el fondo, le resultaba desconocida, pues no llevaba el vestido negro, simple y restrictivo, que él había escogido deliberadamente para silenciarla bajo su sombra. en su lugar, Catalina había elegido convertirse en un espectáculo viviente.
Algo dentro de él, en lo más profundo, se estremeció sin que pudiera evitarlo.
El chófer, situado cerca, fue incapaz de ocultar su asombro. Incluso dos empleados que transitaban el vestíbulo se detuvieron, incapaces de fingir indiferencia ante el espectáculo que representaba aquella Catalina renacida.
Luciano volvió a mirarla de pie a cabeza, comprobando lo innegable.
La mujer frente a él no era la misma que había regresado descalza y envuelta en el abrigo del psiquiátrico.
—¿Por qué elegiste ese vestido? —se atrevió a susurrarle, acercándose con pasos vacilantes que luchaba por disfrazar.
Catalina sostuvo su mirada con una calma tan gélida que, por un momento, Luciano sintió el peso del miedo.
—Porque no estoy de luto —respondió, regalándole una sonrisa que, lejos de ser amistosa, tenía filo. Sin añadir una sola palabra más, avanzó hacia la puerta.
El chófer, aún desconcertado, se apresuró a sostener la puerta del coche, sus manos temblaban ligeramente mientras intentaba aparentar profesionalismo.
Catalina subió al vehículo como quien reclama el lugar que le pertenece por derecho. Luciano ocupó su sitio junto a ella, sintiendo cómo el peso invisible de una derrota inminente comenzaba a aplastarlo sin remedio.
El trayecto hasta el Palais Garnier se convirtió en una tortura silenciosa.
El chófer, prudente, fingía no percibir el temblor que recorría el pulso de Luciano ni el resplandor casi sobrenatural que irradiaba Catalina sentada a su lado. Cada farola de París que se encendía proyectaba su luz sobre el vestido de ella, amplificando el efecto hipnótico de su presencia.
Catalina contemplaba el paisaje urbano a través de la ventanilla, el que tenía meses sin ver, el rostro permanecía sereno como una estatua viva, mientras su mente vagaba lejos.
En algún rincón de su alma, evocaba a Julián, se preguntaba si ya habría llegado a la gala.
Cuando el coche se detuvo finalmente frente al Palais Garnier, la marquesina resplandecía con majestuosidad bajo el cielo nocturno. Los fotógrafos, apiñados a ambos lados de la alfombra roja, se agitaban como aves de rapiña listas para lanzarse sobre su presa.
Luciano descendió primero, ajustando la máscara de su sonrisa perfecta, esa que la prensa conocía y aplaudía, aunque en ese momento le pesaba como una condena.
Giró lentamente y, sin atreverse a levantar la vista, extendió la mano hacia Catalina.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Ahora mando yo, exmarido.