El salón del Palais Garnier vibraba con el murmullo de las conversaciones y el constante tintinear de las copas de champán, pero cuando Catalina apareció en lo alto de la escalinata central, el aire mismo pareció colapsar en un silencio expectante.
Las palabras se evaporaron como humo y las miradas se alzaron casi al unísono hacia la figura que se perfilaba bajo la luz dorada de las arañas.
El plateado de su vestido capturaba cada destello como si la luz hubiese sido diseñada para rendirse a ella, atrapándola como una joya viva y resplandeciendo con cada uno de sus movimientos controlados.
Avanzaba entre los asistentes no como una invitada, sino como la pieza maestra de una partida de ajedrez perfectamente calculada, consciente del sitio exacto que ocupaba y del poder que irradiaba con cada paso.
Su vestido, una verdadera obra de arte convertida en armadura plateada, abrazaba su silueta con una perfección casi cruel, como si la tela misma estuviese bordada con las propias luces del salón. Las transparencias estratégicas dibujaban su figura con una precisión matemática, mientras la pedrería fina devolvía chispas de las arañas superiores, replicando estrellas que nacían y morían fugazmente a su paso.
Cada tacón parecía apenas tocar el mármol, pero su presencia se sentía como un trueno silencioso, una amenaza vestida de luz y hielo.
Catalina descendía aquella escalera no como una heredera caída, sino como una reina que regresaba a ocupar un trono del cual jamás debió ser apartada.
Uno a uno, los ejecutivos comenzaron a girarse hacia ella, incluso aquellos que durante meses recientes habían evitado pronunciar siquiera el apellido Delcourt, temerosos de hundirse con él, se inclinaban ahora, conscientes de que ese apellido había vuelto a la partida.
Y que quien lo portaba ya no era la joven quebrada e internada en un manicomio, sino el arma exacta capaz de reconstruir un imperio.
Catalina Delcourt no solo había regresado. Había renacido.
Desde una mesa lateral, Julián Moreau observaba en absoluto silencio. Sus ojos color miel, tan serenos como calculadores, seguían los movimientos de Catalina sin necesidad de perseguirla.
Entendía mejor que nadie la danza estratégica que desplegaba ante el mundo.
La Catalina que entraba no era la mujer rota y sedada hasta la inconsciencia que había rescatado de la oscuridad de un manicomio.
La mujer que ahora desbordaba elegancia y poder era un depredador social disfrazado de realeza.
Todo estaba saliendo mejor de lo que lo había planeado.
Desde otro extremo del salón, Margot Berthier observaba la escena con una frialdad imperturbable.
Su rostro, tan rígido como una máscara tallada en mármol, apenas se movía, y su abanico negro se abría y cerraba con un ritmo tenso y mecánico, delatando más nervios que estilo.
A su lado, Adeline se inclinó lo suficiente para susurrarle con amargura.
—Mírala, madre. Se cree una princesa.
Margot ni siquiera pestañeó antes de responder, su tono fue tan cortante como una hoja recién afilada.
—No —corrigió—. Las princesas esperan que alguien las rescate. Y Catalina no está esperando a nadie.
Adeline apretó los dientes, incapaz de ocultar la molestia que le provocaban esas palabras.
—¿Tú también crees que puede ganar? —preguntó, con la incertidumbre asomando entre el veneno de su voz.
El abanico se detuvo de golpe.
—No es cuestión de creer —sentenció Margot sin desviar la mirada de Catalina—. Es cuestión de mirar. Observa, Adeline. Cada apellido en esta sala gira hacia ella. No hacia nosotros, ni hacia tu hermano que es precisamente el esposo de esa loca.
El veneno en su tono no era ira. Era cálculo. Adeline apretó la copa con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—Entonces hagamos algo. Tienes influencia, madre. Podemos parar a la esquizofrénica.
—Catalina no necesita que nadie la detenga. Ella sola se destruirá. —Margot desvió la mirada hacia la pista de mármol pulido donde Catalina avanzaba entre empresarios y aristócratas. Su figura resaltaba como una estrella en un cielo muerto. —Dale tiempo. Se perderá en su propia luz.
Pero aunque sus palabras sonaban seguras, su mano izquierda, la misma que acariciaba el borde de la copa, temblaba apenas, lo suficiente para delatar que, por primera vez en mucho tiempo, Margot Berthier no controlaba la partida.
En ese preciso instante, el primer grupo de ejecutivos se acercó a Catalina, atraídos irremediablemente por la fuerza gravitacional que representaba, por no mencionar que su nombre ahora era tendencia mundial.
Eran hombres curtidos en décadas de negocios, habituados a cerrar acuerdos multimillonarios con un simple apretón de manos, pero frente a Catalina, sus pasos eran vacilantes.
El líder del grupo, un socio histórico de los viñedos franceses, fue el primero en reunir el valor necesario. Se detuvo frente a ella y rompió el silencio con una reverencia exacta, medida al milímetro, mientras sus ojos buscaban los de Catalina con un respeto que no fingía.
—Señora Delcourt. Es un honor tenerla aquí después de... bueno, después de todo. Lamento la pérdida de sus padres.
Catalina sostuvo la copa de champán con la misma elegancia con la que sostenía el control absoluto de aquella conversación, e hizo su mayor esfuerzo por no flaquear con la mención de sus padres.
Su sonrisa, cuidadosamente dibujada, no ofrecía calidez ni simpatía alguna. Era la sonrisa de alguien que no buscaba agradar, sino advertir, un gesto sutil pero cargado de poder y de un control absoluto sobre la escena.
—El honor es mío —respondió con voz templada, cada palabra tan firme como el acero fundido—. Mi padre solía repetir que las verdaderas alianzas sobreviven a los inviernos. Yo sólo estoy comprobando quiénes aquí aún recuerdan cómo entienden las raíces profundas.
El hombre asintió despacio, tragando saliva mientras sentía cómo aquellas palabras lo desarmaban. La seguridad en la voz de Catalina era un examen en el que sabía que estaba fracasando.
—¿Entonces significa que piensa retomar los negocios familiares? —se atrevió a preguntar.
Catalina deslizó una mirada lenta y calculadora por el salón, consciente de que casi todos la observaban. Se aseguró de que cada asistente supiera que estaba bajo su escrutinio, antes de regresar sus ojos al hombre frente a ella.
—Significa que nunca dejé de ser Delcourt —afirmó sin pestañear, con una claridad que no dejaba espacio a las dudas.
Otro ejecutivo, más joven y ansioso, intervino con premura, temeroso de quedar excluido de aquel momento histórico.
—En ese caso, señora, permítame decirle que, si en algún momento desea evaluar nuevas asociaciones, nuestras puertas están abiertas para usted.
Catalina sostuvo su mirada un segundo más, sin pestañear, antes de responder con serenidad.
—No lo dudo. Las puertas siempre se abren cuando el oro vuelve a brillar.
El hombre, lejos de intimidarse, quedó fascinado. Sus ojos la recorrieron con un asombro que apenas disimulaba, como si estuviera presenciando el renacimiento de una leyenda.

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