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Ahora mando yo, exmarido. romance Capítulo 8

Catalina Delcourt repasaba en su portátil la lista de correos enviados mientras, uno por uno, los nombres de los viejos aliados de su padre respondían con mensajes breves pero cargados de significado.

“Cuenta con nosotros.”

“Esperábamos tu regreso, tu padre estaría orgulloso.”

“Los viñedos Delcourt serán de nuevo orgullo.”

Catalina cerró los ojos apenas un segundo porque no podía permitirse más. Sintió cómo un picor amargo le quemaba el borde de los párpados, esa sensación conocida y peligrosa. Se obligó a contener las lágrimas, como quien se aferra a la última hebra de su orgullo.

En lugar de dejarse vencer, buscó refugio en una imagen reciente: Julián Moreau salvándola.

Por un instante fugaz, aquel gesto le recordó cómo se sentía tener a alguien de su lado, sin condiciones, sin contratos escondidos ni cálculos ni interés. No sabía si debía confiar en él, aunque su instinto se negaba a rechazarlo del todo.

Allí estaba ahora, sentada frente a su portátil, sintiendo que las raíces Delcourt, que creyó podridas bajo la traición y la ruina, comenzaban a abrirse paso de nuevo en la tierra endurecida, pero esta vez no sería una heredera dócil. No sería la esposa sumisa ni la niña obediente que todos recordaban.

Esta vez, ella iba a mandar, y ya no habría marcha atrás.

Mientras tanto, en la cocina de la mansión, donde los cuchillos eran menos peligrosos que las lenguas, el hervidero adquiría otra temperatura. Las mujeres del servicio se agrupaban como siempre, bajo la excusa de las ollas y los cuchillos, aunque no eran los caldos lo que realmente bullía en el aire.

—Dicen que regresó anoche, el mismo día del compromiso de Sara y Luciano —susurró Estelle, la cocinera principal, mientras se secaba las manos en su delantal con el rostro encendido, como si cada palabra fuera un secreto prohibido.

—Yo la vi con mis propios ojos, Estelle. Iba descalza. ¡Descalza! —añadió otra, con una mezcla de incredulidad.

—Sí y llevaba un papel en la mano, como si fuera una bruja pronunciando maldiciones —comentó otra tras un segundo de silencio.

—Pues esa bruja acaba de hacer callar al señor Luciano delante de media París —intervino la más joven, su voz impregnada de una mezcla peligrosa entre admiración y envidia, mientras dejaba caer el cucharón en la encimera con un golpe metálico—. Ya quisiera yo tener ese tipo de magia.

—¿Y qué esperaban? La encerró como loca en un manicomio… —musitó la joven bajando la voz mientras miraba alrededor con nerviosismo, temiendo ser escuchada. Sabía que hablaba más de la cuenta, pero no pudo contenerse—. ¿Cómo iba a imaginar verla cruzar esa puerta como si el karma viniera a cobrar su deuda?

—Dicen que el Sr. Luciano la internó para quedarse con todo. Yo, si me preguntas, pienso que la señora ha regresado por lo suyo. Y no viene a pedirlo. Viene a cobrarlo —sentenció la primera, mientras el cuchillo en su mano temblaba levemente.

—Lo que a mí me intriga —murmuró la más joven, avanzando un poco, sus pasos cautelosos como quien se acerca al fuego sabiendo que puede arder— es si se quedará. La miré a los ojos cuando subía la escalera. Y no… no era la misma. No era la Catalina Delcourt de antes.

El murmullo se espesó hasta que el mayordomo Yves apareció en el umbral. Su sola presencia, tan discreta como imponente, bastó para congelar el aire.

—¿Y por qué no le preguntan directamente? —inquirió Yves, con esa calma que sólo los que han servido a generaciones de aristócratas saben blandir como espada—. O, mejor aún, sigan con sus tareas. Aquí las paredes no tienen boca, pero ustedes sí, y sería prudente cerrarlas. Atiendan su labor. Los asuntos de los señores son de ellos.

El silencio se hizo entonces absoluto. Yves sostuvo sus miradas un instante más, el suficiente para dejar claro que el mundo de los señores estaba, como siempre, muy por encima del mundo del rumor.

Luego desapareció de nuevo, como si nunca hubiera estado allí.

...

Esa misma tarde, poco antes del anochecer, Luciano irrumpió en la mansión.

Había pasado la jornada entera recorriendo en círculos un único pensamiento: necesitaba una estrategia distinta.

Su arrogancia habitual, esa que tantas veces había usado como escudo, empezaba a agrietarse y, por primera vez, comprendía que no bastaba con aparentar seguridad.

Su única carta, y lo entendía ahora sin rodeos, era Catalina.

Avanzó por el pasillo principal con un paso que fingía seguridad, aunque por dentro sentía que cada pisada pesaba más que la anterior. En sus manos llevaba una caja alargada, envuelta en papel carbón, como un regalo o una sentencia.

Al llegar a la puerta del ala este, aquella parte de la casa que había dejado de respirar durante años y que ahora parecía habitar otro tiempo, dudó solo un segundo, luego de respirar profundo como si fuese a sumergirse en el agua, entró sin pedir permiso.

Catalina, de pie junto al balcón, se volvió apenas cuando escuchó pasos detrás de ella. Seguía hablando por el móvil con esa serenidad de quien negocia consciente de su propio valor. Llevaba puesta una blusa de seda clara y un pantalón ancho, una combinación que le confería una elegancia natural, imposible de fingir. Terminó la llamada con calma cuando percibió que la puerta se abría y, al girarse despacio, se encontró con él allí, de pie como una presencia no deseada, irrumpiendo sin haber sido invitado.

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