Jimena tomó la seda entre sus manos y soltó un murmullo entrecortado:
—Gracias.
Tenía los ojos hinchados, las lágrimas a punto de derramarse y una expresión de completa desolación y desconcierto.
Victoria observó todo con atención. Como su asistente aún no regresaba, decidió sentarse junto a ella.
—La vida está llena de tragos amargos. Si aprendes a soltar, las cosas se vuelven más llevaderas —le aconsejó.
Victoria era la única heredera de la familia Salazar, nacida con el peso de grandes expectativas sobre sus hombros. De joven, se había casado e hizo que su marido se uniera a su familia. Tuvieron a su única hija, Silvia. Pero poco después, descubrió que el hombre que le había jurado amor eterno llevaba años financiando a una amante con el dinero de ella, y hasta tenía dos hijos con la otra mujer.
Ese fue el primer gran golpe de su vida. Casi la destruye, pero sobrevivió. Cortó a ese hombre de su vida de raíz y se dedicó en cuerpo y alma a su hija.
Su camino nunca fue fácil. Tuvo que pelear con uñas y dientes en un mundo de hombres para llegar a la cima de los negocios. Crio a su hija para que fuera educada, independiente, brillante y fuerte.
Siempre respetó las decisiones de Silvia, nunca la obligó a nada. Por eso, cuando su hija le presentó a Bernardo Salinas, aunque la familia Salinas no le inspiraba ninguna confianza, respetó sus deseos.
Ese resultó ser el error más grande de su existencia. Si tan solo se hubiera opuesto con firmeza, si le hubiera prohibido casarse con él... ¡tal vez Silvia seguiría viva! ¡Tal vez su pequeña nieta recién nacida no habría muerto!
Ese era el fantasma que la perseguía hasta el día de hoy.
Pero, aun así, la vida seguía. Y si uno estaba vivo, debía vivir con la frente en alto. Llorar por los rincones era peor que estar muerto.

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