Victoria no era de las que hurgaban en vidas ajenas. No tenía intención de preguntar los motivos del llanto de la joven, pero sabía que las desgracias humanas solían resumirse en los mismos problemas de siempre.
Sin embargo, Jimena negó con la cabeza, luciendo destrozada.
—Ya no puedo. Me quedé sin trabajo.
—¿Cometiste algún error grave?
—¡No! ¡Nunca fallé en mis responsabilidades! —Jimena se agitó, clavando sus ojos rencorosos en los de la mujer—. ¡Mi propio esposo me despidió a la fuerza!
—¿Tu esposo? —Victoria frunció el ceño.
—¡Sí! —asintió Jimena, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas—. No le voy a mentir... mi marido es Enzo Jara, el director de Tecnologías Heraldo.
Victoria levantó una ceja, genuinamente sorprendida. Recordaba que el jefe de Heraldo rondaba los treinta y tantos años, mientras que la joven frente a ella parecía no pasar de los veinticinco.
Jimena se secó el rostro con delicadeza, explotando su papel de víctima.
—No solo era una ingeniera vital para la empresa, también era su asistente personal. Él me decía que yo era su mano derecha. Me juraba que yo era su luz, que le daba fuerzas para seguir. Pero... al poco tiempo de casarnos, él...

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