Jimena salió del edificio de Heraldo arrastrando los pies, como un perro apaleado. Un par de metros detrás de ella, los guardias de seguridad la escoltaban a una distancia prudente. No la miraban como a la esposa del presidente, sino como a un problema que podía costarles el empleo.
Solo cuando cruzó las puertas de cristal hacia la calle, soltaron un suspiro de alivio y reforzaron la guardia para asegurarse de que no volviera a entrar. Toda esta humillación ocurrió a la vista de los recepcionistas y del personal que pasaba por el vestíbulo.
Uno de los guardias no se mordió la lengua:
—¿Qué le pasó a la señorita Sosa? Antes era la reina del lugar, hasta el director Jara y el señor Jiménez le besaban los pies. Y miren cómo salió hoy... como si la hubieran tirado a la basura.
—Quién sabe. Seguro hizo algo imperdonable y el jefe ya no la soporta.
Jimena no estaba lo suficientemente lejos. Escuchó cada palabra de los guardias y sintió las miradas burlonas desde el vestíbulo. Apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas, luchando para no tener otra crisis nerviosa.
Con la mandíbula apretada, caminó hasta una plaza cercana y se dejó caer en una banca, exhausta. Tenía los nervios de punta. Con las manos temblorosas, sacó su teléfono y abrió el grupo de chat de la empresa usando una cuenta falsa.
Tal como temía, la pantalla estaba inundada de mensajes sobre ella y Enzo.
[¿Alguien sabe qué pasó entre el jefe y la señorita Sosa? Antes no la soltaba ni a sol ni a sombra.]
[Ya sé, el jefe hasta se divorció de su esposa legítima por ella. ¿Y ahora la trata como un trapo?]
[A lo mejor ella hizo algo grave. Seguro es una pelea de esposos y en unos días se les pasa.]
[No lo creo, hoy hasta hubo jaloneos.]
[Qué decepción con la señorita Sosa. Cuando trabajaba aquí, parecía una mujer súper profesional, siempre cuidando la empresa. ¿Cómo se le ocurre armar un escándalo en un día tan importante?]
Jimena leía los mensajes sintiendo que el aire le faltaba.
Algunos incluso habían mandado fotos y videos del momento en que Enzo la empujó y ella terminó contra la pared, perdiendo la peluca. En esas imágenes de alta definición, con la cicatriz al descubierto, parecía un monstruo salido de una película de terror.
Aunque los administradores borraban el contenido casi al instante por miedo a represalias, el daño ya estaba hecho. Todos lo habían visto.

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