Tras soltar esas palabras, Daniel se alejó siguiendo al grupo sin mirar atrás.
Enzo se quedó paralizado, tragando saliva con dificultad. Ver la espalda de Daniel alejarse fue como recibir un golpe directo al pecho. Sentía las mejillas ardiendo, como si lo hubieran abofeteado frente a todos.
Daniel nunca le había hablado así; siempre había respaldado sus decisiones en la empresa. Cuando Enzo fundó la tecnológica y le propuso asociarse, Daniel aceptó sin pensarlo un segundo.
Pero ahora, esas palabras destilaban una decepción brutal. Era la prueba de lo mucho que le había fallado.
Para entonces, Jimena había logrado reacomodarse la peluca y el sombrero bajo la mirada atónita de los espectadores. Se apoyó en la pared, poniéndose de pie con torpeza, y miró a Enzo con los ojos llenos de lágrimas.
Pero Enzo ya no tenía paciencia para sus dramas. La decepción de Daniel, el ceño fruncido de Gabriela y las miradas acusadoras de los demás lo tenían al borde del colapso nervioso.
Se giró hacia el personal de secretaría y ordenó con voz de hielo:
—Sáquenla de aquí de inmediato. Y a partir de hoy, tiene prohibida la entrada al edificio sin mi autorización expresa.
Las secretarias abrieron los ojos de par en par, perplejas. Pero ante la mirada asesina de Enzo, asintieron a toda prisa.
—¡Sí, director Jara!
Jimena sintió que el mundo se le venía abajo. Podía escuchar el clic de las cámaras de los teléfonos de los empleados que grababan la escena. Pero nada la destruyó tanto como la crueldad en las palabras de Enzo.
—¡Amor! ¡Enzo! —suplicó, con la esperanza de que, como en el pasado, su tono de niña herida despertara la compasión de él.

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