¡Gabriela!
¡Otra vez Gabriela!
La falsa sonrisa de Jimena desapareció en un instante. Se puso de pie de golpe, fulminando a Yolanda con una mirada helada.
—Yolanda, por más que te llame por tu nombre con cariño, ¿de verdad te crees que somos iguales? ¡Si te parece que Gabriela era tan maravillosa, entonces lárgate y ve a buscarla! Pero mientras sigas aquí, harás lo que yo ordene. Y no lo olvides: la que te paga el sueldo ahora soy yo, ¡no Gabriela!
Yolanda la miró boquiabierta. Finalmente, explotó.
—¡Si las cosas van a ser así, entonces renuncio!
Esperaba que Jimena intentara detenerla. Al fin y al cabo, antes solían tratarse casi como hermanas.
Pero una vez más, la respuesta de Jimena la dejó helada.
—¡Perfecto! ¡Lárgate entonces! —soltó una carcajada cargada de desprecio—. Pero te recuerdo que firmaste un contrato. Si quieres irte, tendrás que cumplir con el mes de preaviso y quedarte hasta que encuentre un reemplazo. Si te vas antes, ¡te prometo que te boletinaré con todas las agencias y no volverás a encontrar trabajo en tu vida!
—Boletinarme... —Yolanda sintió un escalofrío—. ¿Por qué me va a boletinar?
—¡Por cobrar un dineral sin hacer nada! Mírate bien, ¿acaso lo que haces justifica el sueldo altísimo que recibes? —La miró con desdén—. Yo no soy como Gabriela, ella era una ingenua que botaba su dinero manteniéndote. ¡Te malcrió tanto estos años que ya ni siquiera sabes cuál es el lugar de una empleada!
—Tú... ¿cómo te atreves a...? —Yolanda se quedó sin habla.
Jimena descargó en ella toda la frustración y la rabia que Enzo le había provocado en la biblioteca. Luego, la apartó bruscamente de un empujón y se marchó hacia su habitación.
Yolanda se quedó petrificada, mirando la espalda de Jimena mientras se alejaba. En ese momento, sintió que no reconocía a la mujer que tenía enfrente.


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