—Lo hiciste muy bien, a partir de ahora seguirás haciéndolo —dijo Jimena sin interés, dándose la vuelta para sentarse en el sofá.
Yolanda sintió un nudo en la garganta. Fue tras ella, sin poder contenerse.
—Señora, no puede ser así. Yo nunca he sido contratada para hacer la limpieza pesada. Cuando Gabi estaba aquí, a veces ni siquiera tenía que preparar el desayuno.
Desde que Gabriela se había marchado, Yolanda no solo tuvo que empezar a preparar las tres comidas diarias, sino que también debió cuidar a los dos niños, ¡y ahora querían que también limpiara la inmensa mansión!
Ella solo intentaba defender sus condiciones laborales, pero no se dio cuenta de que acababa de tocar la peor fibra sensible de Jimena.
Jimena acababa de pelear con Enzo en la biblioteca, y peor aún, él la había comparado con Gabriela llamándola una vergüenza.
Y ahora, la empleada se atrevía a decir algo similar.
Jimena respiró hondo y levantó la mirada hacia Yolanda, manteniendo la sonrisa. Pero a los ojos de la empleada, aquella sonrisa resultaba escalofriante.
—Yolanda, ¿cuántas veces te lo tengo que repetir para que te quede claro? ¡La dueña de esta casa soy yo!
Yolanda guardó silencio.
Jimena tomó un pequeño y elegante espejo que descansaba sobre la mesa de centro y se miró detenidamente, enfocándose en el parche de sus cicatrices.
—Dime una cosa, ¿para qué te contrató Gabriela en primer lugar?
Yolanda la observó mirarse al espejo y murmuró a regañadientes.
—Para encargarme de las comidas y cuidar al niño Mateo.
Jimena bajó el espejo y clavó la vista en ella.
—Pues ahora no hay ningún niño en la casa. El señor Jara casi nunca come aquí. Yo como muy poco y mis horarios son irregulares. Así que dime, ¿de qué sirves en esta casa?
Yolanda se quedó callada.

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