A Enzo le temblaba la mano mientras sostenía el celular, sus labios se abrían y cerraban con dificultad.
—Ustedes... ustedes...
Al otro lado de la línea, Rocco sostenía el teléfono escuchando la respiración agitada de Enzo.
—Director Jara, hace un momento dijo que tenía algo que contarme sobre la niña, ¿no es así? Hablarlo conmigo es lo mismo.
Enzo se quedó sin palabras; sentía como si el corazón le ardiera en llamas.
Rocco esperó unos segundos a propósito. Al ver que Enzo no decía nada, soltó una risa seca y colgó la llamada.
Gabriela Aranda regresó con el agua y, al ver que Rocco tenía su celular en la mano, su expresión se tensó.
Rocco tomó el vaso con total tranquilidad, le dio un sorbo y le devolvió el teléfono a Gabriela.
—Estaba sonando sin parar, así que te hice el favor de contestar.
Gabriela revisó la pantalla y, al ver que la llamada era de Enzo, el ligero ceño fruncido en su rostro se relajó un poco. No mostró ninguna emoción en particular, solo habló con un tono indiferente.
—Para la próxima, no contestes mi teléfono sin permiso.
—De acuerdo —sonrió Rocco, dándole un trago largo al vaso.
Mmm, esta agua sabe bastante dulce.
Gabriela se quedó sin palabras al ver la expresión encantada de Rocco, que rayaba en lo descarado. No entendía por qué ponía esa cara por un simple vaso de agua; ni que fuera el néctar de los dioses.
Mientras tanto, en la biblioteca de la mansión, el estado de ánimo de Enzo era todo lo contrario.
Miró con ojos sombríos el celular que Rocco acababa de colgar, soltó un grito furioso y lo estrelló con todas sus fuerzas contra el escritorio.
En un instante, la pantalla se hizo añicos. Los fragmentos de cristal saltaron y le rozaron la mejilla, dejándole un corte.
Jimena Sosa escuchó el estruendo y abrió la puerta con nerviosismo.

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