Él sabía perfectamente que Gabriela no aparecería al otro lado de esa puerta.
Pero en ese momento, la extrañaba con locura.
Por más que se repetía a sí mismo que no debía molestarla, le resultaba imposible reprimir sus impulsos.
Así que la llamó. Aun sabiendo que su llamada solo provocaría el desprecio de Gabriela, lo hizo de todos modos.
Marcó una y otra vez. Si un número no funcionaba, probaba con otro.
¡Necesitaba escuchar su voz, costara lo que costara!
Justo cuando Enzo, aferrado a su desesperación, llamaba por tercera vez, la llamada fue contestada.
Durante todo este tiempo, su vida había estado inmersa en una oscuridad absoluta, pero en el instante en que contestaron, sintió que el mundo volvía a iluminarse.
Gabriela había respondido.
Hasta que, a través del auricular, escuchó la voz de un hombre.
—Señor Jara, es muy molesto que llame una y otra vez.
La voz perezosa y dominante de Rocco Salinas resonó con fuerza en el teléfono.
El corazón de Enzo se contrajo dolorosamente. Alejó el teléfono de su oreja y miró la pantalla para asegurarse de que realmente había llamado a Gabriela.
Al confirmar que el nombre de Gabriela seguía ahí, el brillo de sus ojos se apagó por completo.
Aunque había reconocido al hombre desde la primera sílaba, y no era la primera vez que escuchaba a ese sujeto al llamar a Gabriela, se aferró a una última esperanza y preguntó:
—¿Quién eres?
Hubo un silencio de dos segundos antes de que la voz arrogante respondiera.
—Rocco Salinas.
Con solo pronunciar su nombre, Enzo percibió todo el desdén y la provocación en su tono. Su voz comenzó a temblar ligeramente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera