Dicho esto, el doctor recogió sus instrumentos y salió de la habitación.
Gabriela lo vio marcharse con esa idea errónea en la cabeza, sintiéndose tan exasperada que ya ni siquiera le quedaban ganas de enojarse. Giró para mirar a Rocco.
Ella se consideraba una persona emocionalmente estable. En el pasado, cuando lidiaba con las descaradas provocaciones de Enzo y Jimena, lograba mantener la calma, a menos que Enzo se pusiera insoportablemente insistente.
Pero cuando se trataba de Rocco Salinas, el hombre parecía tener el talento natural de sacarla de sus casillas desde el primer segundo.
¡Y lo peor de todo es que ella no sabía cómo manejarlo!
—Tú...
Gabriela estaba a punto de reclamarle por qué no había corregido al doctor.
Justo en ese momento, Arturo y Diego irrumpieron en la sala de observación tras enterarse de la noticia.
Ambos estaban pálidos, y Arturo sudaba a mares.
Al entrar, lo primero que hizo Arturo fue revisar las heridas de ambos. Al ver la venda ensangrentada en el brazo de Rocco y las aterradoras marcas de asfixia en el cuello de Gabriela, sintió que el mundo le daba vueltas.
—¡Ese Zacarías! ¡Se volvió completamente loco! —exclamó Arturo.
—No, no está loco —respondió Rocco, mirándolo con total seriedad—. Sabía perfectamente lo que hacía. Durante el ataque, estaba en pleno uso de sus facultades mentales.
Arturo y Diego captaron el mensaje de inmediato.
Un loco era alguien sin responsabilidad legal, alguien que podía cometer crímenes sin pagar las consecuencias.
Por lo tanto, Zacarías no estaba loco, ni debía ser tratado como tal.
Arturo miró a Rocco, quien seguía sentado estoicamente en la desvencijada silla de la clínica. Abrió la boca para decir algo, pero finalmente guardó silencio.

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