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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 472

En el pasado, si alguien se atrevía a meterse con Doña Lola, Mila se habría lanzado al ataque de inmediato.

No importaba si el oponente era hombre o mujer, alto o bajo, o incluso si se trataba de una bestia salvaje. Con una sola orden de Doña Lola, Mila se abalanzaba.

Como ningún adulto se pondría a pelear a golpes con una niña pequeña, Doña Lola siempre terminaba saliéndose con la suya.

Pero esta vez, Mila se quedó quieta. Solo miraba a Doña Lola con ojos suplicantes.

—Abuela... no le peguemos a la señorita...

Doña Lola sabía perfectamente que, después de esto, Gabriela no le daría ni un centavo más. Sus días de vivir sin preocuparse por el dinero se habían acabado.

Además, esa mujer acababa de amenazar con destruirle la casa.

Cuanto más lo pensaba, más le hervía la sangre.

—¡Mila, pégale de una vez! ¡Si no lo haces, te echo a la calle y no te quiero ver más! ¡Pégale! ¡Pégale fuerte!

—Abuela... —las lágrimas rodaron por las mejillas de la pequeña. Apretó sus puñitos con fuerza, pero seguía negándose a tocar a Gabriela.

Al segundo siguiente, la niña giró sus propios puños y se golpeó con fuerza en el pecho.

—¡Mila! —gritó Gabriela horrorizada, corriendo a sujetarle las manos.

—Me pego a mí, abuela... no le pego a la señorita, me pego a mí... —Mila contenía las lágrimas; frente a Doña Lola no se atrevía a llorar a mares como lo había hecho antes con Gabriela.

Ver a la pequeña lastimándose a sí misma encogió el corazón no solo de Gabriela, sino de todos los hombres presentes.

Era evidente que no era la primera vez que lo hacía. La niña era dura con los demás, pero era aún más cruel consigo misma.

Los golpes secos de sus pequeños puños contra su pecho resonaban en el aire.

—Esa vieja bruja... —murmuró Diego, apretando los dientes de pura rabia.

Arturo también tenía el rostro desencajado. Había intentado evitar que Gabriela destruyera la propiedad porque era su deber como funcionario local, pero en el fondo, él mismo quería hacer trizas ese lugar.

Sin embargo, el castigo autoinfligido de Mila no aplacó la furia de Doña Lola; de hecho, la encendió más.

Ver que la niña prefería lastimarse antes que obedecerla le dio una sensación de pérdida total de control.

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