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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 471

Giró la cabeza y miró fijamente a Doña Lola.

—¿Tu casa? ¿Acaso no alquilaste este lugar con mi dinero?

Doña Lola se quedó helada, con los ojos tan desorbitados que parecían inyectados en sangre.

—¿Y las cosas que hay adentro? ¿No se compraron también con mi dinero? —preguntó Gabriela, echando un vistazo al interior a través de la puerta entreabierta.

¡Hasta tenían un televisor nuevo! Y, sin embargo, por pura avaricia y no querer pagar un poco más de agua, obligaban a Mila a arrastrar una tina repleta de ropa hasta el pozo en el Cerro Sombrío.

—Si acepté pagar las deudas de su familia, fue por Mila. El dinero que les transfería para gastos médicos y comida, era para Mila. Usted me prometió que la trataría bien, pero me mintió. Y ahora usted y su hija disfrutan de lo que yo le di a Mila, mientras la maltratan. Eso no tiene perdón de Dios. Y yo no voy a ser la tonta que les regale el dinero.

Gabriela lanzó una mirada gélida a Doña Lola y luego se dirigió a los dos guardaespaldas.

—La casa es del propietario, así que no toquen la estructura. Pero todo lo que hay adentro lo compré yo. Rómpanlo. Destruyan todo.

—¡Tú... tú! —tartamudeó Doña Lola, retrocediendo un par de pasos para bloquear la entrada con su propio cuerpo—. ¡El dinero que me diste ya es mío! ¡Todo lo que hay aquí me pertenece! Si te atreves a romper algo... ¡es un delito!

Gabriela soltó una carcajada amarga.

—¿Me vas a hablar de la ley? ¡Perfecto! Vamos a ver a quién castiga primero la justicia: si a una abusadora de menores como tú, o a mí —luego, miró a los guardaespaldas—. ¡Rompan todo!

Detrás de ella, Rocco la observaba con una mirada profunda, mientras una leve y orgullosa sonrisa se dibujaba en sus labios.

Al ver a los dos hombres corpulentos acercarse, Inés, la mujer delgada y desaliñada, empezó a temblar de miedo.

—¡N-nosotras no maltratamos a esa niña! ¡Solo es una bastarda! Mi mamá hizo demasiado criándola, dándole techo y un plato de sopa. ¡Eso no es maltrato!

*Bastarda*. Era la segunda vez que Gabriela escuchaba a la hija de Doña Lola usar esa palabra.

Sin embargo, las excusas de Inés no sirvieron de nada.

Doña Lola tenía los ojos desorbitados, inyectados en una furia aterradora.

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