—¡Aaaah! —chilló la mujer flacuchenta, quien se había llevado la peor parte del chapuzón. Tenía el pelo escurriendo y la ropa completamente empapada.
Sus preciadas prendas cayeron al suelo y se cubrieron de fango de inmediato. En medio del pánico, las pisotearon varias veces, dejándolas en un estado irreconocible e inservible.
—¡Mi ropa! —gritó la mujer, fulminando a Gabriela con la mirada—. ¡Tú estás l...
No alcanzó a terminar el insulto, porque los dos imponentes guardaespaldas a espaldas de Gabriela la silenciaron con una mirada escalofriante.
Doña Lola tampoco lucía mejor. Su cuerpo delgado y seco temblaba incontrolablemente, empapado hasta los huesos.
Se arrancó de la cabeza una prenda llena de espuma, pero a diferencia de su hija, fue mucho más astuta. No se atrevió a maldecir a Gabriela. En su lugar, se dejó caer al suelo y clamó hacia Arturo y Diego.
—¡Ay, don Arturo, hágame justicia! ¡Estos forasteros vinieron a abusar de nosotras en nuestra propia casa! —gimoteaba y se golpeaba los muslos, montando un drama espeluznante.
—¡Una pobre anciana y dos criaturas, somos puras mujeres indefensas y nos vienen a maltratar...! ¡Y nadie nos defiende...!
Arturo y Diego la observaron con los rostros endurecidos, sin pronunciar palabra.
Durante años, Doña Lola aplicaba exactamente el mismo teatrito cada vez que se metía en problemas. Y la mayoría de las veces le funcionaba; terminaba saliéndose con la suya.
Primero, porque era una persona mayor y tenía a su cargo a una niña de seis años.
Segundo, porque a la gente le daba pereza lidiar con tanto escándalo, así que preferían darle la razón y evitarse un dolor de cabeza.
Pero cuando haces el mismo circo cien veces, y encima tienes hábitos pésimos, la gente simplemente deja de importarle. Y así fue como la pobre Mila terminó siendo marginada por todo el pueblo, solo por culpa de esta señora.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera