Al menos hasta que regresó su hija biológica...
Doña Lola miró a Mila, que a sus seis años todavía necesitaría más de una década para crecer y ser alguien en la vida, y luego miró a su hija, en la flor de la juventud y con fuerza para trabajar. Su mentalidad dio un vuelco repentino.
Ni siquiera sabía si viviría para ver el éxito de Mila. En vez de esperar tantos años, era mejor apostar por su propia hija.
Sin embargo, no estaba dispuesta a soltar el dinero de Gabriela. Así que, con la excusa de buscar un ambiente más tranquilo para Mila, se mudó de la casa asignada por el gobierno a este lugar aislado.
Aquí no había casi nadie, solo dos vecinos con los que nunca cruzaba palabra. Mientras Mila no fuera a los lugares concurridos a juntar basura, podía hacer con ella lo que quisiera, siempre y cuando Diego no lo descubriera en sus visitas.
Doña Lola se creía muy astuta, pero jamás se imaginó que Gabriela volvería de improviso.
¡Y mucho menos que entraría exigiendo ver a la niña!
Al escuchar el relato de su hija, el rostro de Doña Lola palideció por completo.
—¡¿Cómo que se los dijiste?! ¡¿Les dijiste que Mila estaba en el Cerro Sombrío lavando ropa?!
—¡¿Y qué querías que hiciera?! ¡Mamá, no viste a esos hombres! Eran unas montañas, ¡de un golpe nos iban a mandar a volar! ¡Si no hablaba, nos iban a matar a golpes! —se justificó la mujer con voz quejumbrosa.
Doña Lola estaba que hervía de rabia con la idiotez de su hija.
—¡¿Acaso sabes quién era la mujer que andaba buscando a Mila?!
—¿Quién? —preguntó la hija, pestañeando, tratando de exprimir unas lágrimas que no salían.
—¡Es la que nos manda el dinero gratis! —gritó Doña Lola, señalando el bolsillo de su hija—. ¡El dinero que llevas guardado ahí, es el dinero que ella le manda a Mila!
—Ah... ¿cómo que ella nos lo da? ¿Acaso no era un apoyo del gobierno porque ustedes están viejas y pequeñas? —dudó la mujer.
—¡¿Apoyo?! ¡¿Cuándo has visto al gobierno dar tanto dinero de a gratis?! —Doña Lola estaba que echaba humo. Aunque en el fondo, también era culpa suya por guardarse secretos; no le había contado la verdad a su hija para asegurarse de que esta creyera que el dinero era una pensión del gobierno y la tratara mejor.
La mujer flacuchenta se quedó atónita mirando a su madre. Nunca imaginó que los billetes, aún calentitos en su bolsillo, provenían de esa mujer y que, para colmo, eran para Mila.
Al haberle revelado que Mila estaba en el Cerro Sombrío... cuando llegaran y la vieran lavando toda esa montaña de ropa, ¡la situación iba a ponerse negra!
Instintivamente, la mujer aferró su bolsillo con fuerza.

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