—Entonces, ¿por culpa del hermano de esa mujer, lastimaste a tu propio hijo? —preguntó Gabriela con una sonrisa amarga.
—Yo...
¡Plaf!
El eco de una bofetada resonó por todo el pasillo.
Gabriela le cruzó la cara a Enzo de una cachetada, cortando sus palabras de tajo.
El golpe fue tan sorpresivo que, al principio, nadie en la sala supo cómo reaccionar.
Unos segundos después, Viviana fue la primera en reaccionar.
Pegó un grito y corrió hacia ella.
—¡Gabriela! ¿Cómo te atreves a golpearlo? —La miró con un odio tan profundo que parecía querer hacerla pedazos.
—¡No vengas a darte aires de grandeza aquí, Gabriela! ¿Crees que por ser la directora de no sé qué centro de investigación puedes pisotear a nuestra familia? ¡Te lo advierto, todo esto es tu culpa!
Llegados a este punto, a la familia Jara ya no le importaba mantener las apariencias.
Dentro del quirófano, la vida de su preciado Mateo pendía de un hilo.
Viviana fulminó a Gabriela con la mirada, encontrando por fin una válvula de escape para toda la frustración reprimida de los últimos días.
—¡Fuiste tú quien, sin una gota de decencia, usó trucos sucios para seducir a Enzo! Él se vio obligado a casarse contigo. Al fin y al cabo, siempre le deberás a mi hijo. ¡No tienes ningún derecho a ponerle una mano encima!
¡Otra vez con lo mismo!
Gabriela había dicho un millón de veces que no lo había hecho. ¡Jamás lo hizo!
Justo en ese momento, las puertas del quirófano se abrieron de golpe.
Todo el conflicto, los gritos y la furia se desvanecieron en el instante en que el médico salió, cubierto de sangre.
El rostro de Viviana palideció por completo al ver la bata manchada del doctor. Estuvo a punto de desmayarse, pero Enzo logró sostenerla a tiempo.
—¿Por qué hay tanta sangre...? ¿Toda es de Mateo? —balbuceó, con los labios temblorosos y sin color en las mejillas.
A Gabriela se le cortó la respiración y corrió hacia el médico.
—Doctor, ¿cómo está mi hijo?

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