La situación se volvió un caos absoluto. El Oficial Cortés tuvo que ordenar rápidamente a sus agentes y al personal médico presente que intervinieran para separar por la fuerza a Valentina y a Jimena, quienes seguían trenzadas en el suelo.
Si bien Valentina tenía el cabello revuelto y la ropa desarreglada, el estado de Jimena era verdaderamente deplorable.
Su largo y sedoso cabello negro había perdido mechones enteros bajo los tirones despiadados de Valentina. Sus mejillas estaban marcadas por la silueta roja de los dedos de su agresora, ahora hinchadas, y de la comisura de su labio roto brotaba un hilo de sangre.
Su impecable traje blanco de diseñador había recibido varias patadas, dejando marcas sucias y evidentes de suelas de zapatos.
Si antes, en palabras de Enzo, Jimena era como un radiante girasol buscando la luz...
...en este momento, era un girasol marchito, al que le habían arrancado todos los pétalos a la fuerza y tirado al barro.
Una de las mujeres policías del Oficial Cortés la ayudó a levantarse, aunque en sus ojos era evidente el rechazo que sentía por ella.
Jimena se tambaleó, luciendo sumamente frágil. Buscó desesperadamente la mirada de Enzo con sus ojos inundados de lágrimas.
En cuanto sus miradas se cruzaron, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas maltratadas.
—Profesor Jara... me duele mucho... —gimió, respirando con dificultad, como si fuera a desmayarse en cualquier momento.
Quería mostrarse lo más vulnerable y lamentable posible para despertar la compasión y el instinto protector de Enzo.
En el pasado, esa táctica jamás le había fallado.
Pero esta vez, Enzo solo la observó. Vio su ropa sucia, su rostro hinchado, el labio ensangrentado y el cabello hecho un desastre, y su única reacción fue fruncir el ceño con frialdad.
—¿Te vas a desmayar de nuevo? Qué casualidad que estemos en un hospital. Si te duele algo, ve a decírselo a un doctor.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera